Una mexicana viaja a París con su pareja y, tras una discusión a las tres de la madrugada, se queda sola en la ciudad: sin dinero, sin hotel y sin plan de regreso.
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Una mexicana viaja a París con su pareja y, tras una discusión a las tres de la madrugada, se queda sola en la ciudad: sin dinero, sin hotel y sin plan de regreso. Lo que empieza como el peor momento de su vida se convierte en el punto de partida de un viaje por Francia e Italia y de una pregunta que la acompañará todo el camino: quién es realmente cuando ya nadie decide por ella.
Firmada con el seudónimo Aimée Bouquet —el nombre de una tatarabuela materna—, esta novela basada en hechos reales arranca con una escena que no admite lecturas amables: una habitación de hotel en un barrio difícil de París, un novio que grita que la relación «no es una relación, es una enfermedad», un billete de tren a Londres comprado para una sola persona y una puerta que él bloquea con la llave en el bolsillo. Cuando la protagonista consigue salir, se descubre con cinco euros, una tarjeta de crédito al límite, el pasaporte y la ropa en casa de unos amigos que se marchan al sur de Francia, y siete días de viaje por delante sin ninguna certeza.
Lo que sigue es una jornada de comedia amarga y pánico auténtico: sistemas de venta de billetes que se caen justo cuando los necesita, tarjetas que se bloquean una tras otra —las suyas, las de su madre, las de su tío—, una agencia de viajes que no logra emitir el boleto, un rabino al que persigue por la calle pidiendo ayuda, un desconocido que la increpa en el metro. Y, en medio, la conversación con una chica de dieciocho años en un tren que le dice lo que ella todavía no se atreve a decirse: que nadie deja a otra persona tirada en una ciudad desconocida, y que ha pasado sus días en París recorriendo tiendas en vez de mirar Notre-Dame.
El abandono acaba funcionando como una señal más que como una condena. Con las tarjetas inexplicablemente desbloqueadas para un único destino, la narradora compra un billete a Milán y se lanza a Italia: el país cuya lengua enseña desde hace quince años, sobre el que ha escrito más de diez libros de texto, y que jamás ha pisado. El itinerario la llevará de norte a sur —Verona y las secretarias de Julieta, Roma, Luino— acumulando encuentros que ella describe como ladrillos: piezas con las que reconstruir un edificio en ruinas que resultó ser ella misma.
El libro se mueve entre la crónica de viaje, el diario íntimo y el ensayo ligero. La voz narrativa alterna la ironía —el famoso «al menos llévate una Coca» como despedida— con digresiones sobre historia del arte, arquitectura gótica y la diferencia entre la Tiniebla Luminosa del románico y la Luz Creadora que entra por los rosetones, metáfora transparente de lo que la protagonista busca. La autora propone además una lectura acompañada de música: cada capítulo nació con una canción sonando en el iPod Touch en el que, literalmente, escribió el libro.
Detrás del episodio concreto hay una pregunta más amplia, dirigida a cualquier lector: todos hemos sido abandonados de alguna forma —por una muerte, por una ruptura, por una versión de nosotros mismos que dejó de existir— y todos hemos tenido que responder al «¿y ahora qué hago?» que viene después. La respuesta que ofrece este relato es que el abandono, mirado desde lejos, puede acabar siendo un regalo.
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