Novela de aprendizaje firmada por Daniel Urpina en la que un adolescente brillante y desastroso, Abelino Berson, atraviesa el tramo que va de la marginación escolar al liderazgo social sin dejar de tropezar por el camino.
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Novela de aprendizaje firmada por Daniel Urpina en la que un adolescente brillante y desastroso, Abelino Berson, atraviesa el tramo que va de la marginación escolar al liderazgo social sin dejar de tropezar por el camino. Una moneda de veinte céntimos, olvidada en el riel del asiento de un coche, basta para poner en marcha una cadena de causas menores cuyo desenlace nadie habría previsto. El relato alterna la reflexión filosófica del protagonista con el disparate de sus actos, y cruza su historia con la de Eva, una joven extrovertida que aprende a defender su propia libertad.
Abelino Berson no encaja, y durante mucho tiempo cree que eso es una forma de superioridad. Lee sobre robótica y arqueología cuando sus compañeros hablan de fútbol, recuerda al profesor los deberes que olvidó mandar, explica sin que nadie se lo pida las variantes de pronunciación del árabe. El resultado es previsible: burlas, apodos y un aislamiento que él soporta con una serenidad que se parece mucho a la resignación. De aquella etapa conserva un mote, Ave, que acaba prefiriendo a su nombre, y una certeza incómoda: destaca sin quererlo, que es la peor manera de destacar.
Hijo de padres que el trabajo mantiene lejos de casa, criado por una sucesión de cuidadores a los que aprende a no querer demasiado para no echarlos de menos, Abelino construye hacia dentro un mundo más rico que el de fuera. La ética, primero, y la filosofía después, le dan un idioma con el que interrogar lo recibido: por qué algo es bueno solo porque lo hace la mayoría, por qué la virtud habría de estar siempre en el término medio, qué queda de la culpa cuando se reparte entre todos los que intervinieron en un accidente mínimo.
En paralelo avanza la historia de Eva, mayor que él por poco más de un año y opuesta en casi todo: querida por sus compañeros, sensata hasta el punto de ejercer de madre de su propia madre. Lola, viuda desde que su hija tenía cuatro años, ha decidido recuperar el tiempo que su matrimonio le quitó y vive el presente sin previsión ninguna; Eva madura, en buena medida, por contraste con ese ejemplo. Cuando un primer noviazgo empieza a estrecharse en forma de reproches sobre su ropa y sus amistades, reconoce a tiempo el mecanismo del control y decide que la igualdad y el respeto no son negociables.
Que ambos terminen encontrándose es idea de Juan y Vero, amigo de él y amiga de ella, una tarde de lluvia en una pizzería; o quizá sea culpa de aquella moneda abollada. La novela sostiene deliberadamente esa ambigüedad, porque su tesis de fondo es que las casualidades espléndidas suelen ser el remate de una larga cadena de causalidades modestas. Sobre ese armazón se teje una trama de enredos y malentendidos en la que el protagonista se enreda cada vez más, con un ritmo que se acelera hasta lo vertiginoso.
El mayor logro del libro es de tono. Entre el Abelino que piensa y el Abelino que actúa media un abismo, y la novela lo recorre alternando la reflexión con la comedia sin que ninguna de las dos desmerezca a la otra. Por el camino asoman asuntos muy actuales —el machismo en las relaciones sentimentales, la presión por pertenecer a un grupo, la conciliación entre trabajo y familia, la distancia entre generaciones— tratados sin solemnidad. Es una demostración práctica de que la filosofía puede leerse con gusto, y de que el humor no rebaja el pensamiento: lo airea. En apenas ciento cincuenta páginas, el lector acompaña a un personaje que aprende a base de errores que a veces se convierten en aciertos, y que descubre que el héroe y el antihéroe suelen compartir domicilio.