Antología de relatos de terror y suspense en la que Javier Lacomba Tamarit convierte escenarios reconocibles —una ciudad anegada, una carretera interminable, un aula vacía— en umbrales por los que se cuela lo imposible.
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Antología de relatos de terror y suspense en la que Javier Lacomba Tamarit convierte escenarios reconocibles —una ciudad anegada, una carretera interminable, un aula vacía— en umbrales por los que se cuela lo imposible. Las piezas comparten una intuición inquietante: que las grandes catástrofes no solo destruyen, también abren puertas, y que detrás del desastre siempre hay alguien esperando para recoger lo que queda. Con un pulso narrativo cercano al cine de género, el libro alterna la violencia sobrenatural con el retrato íntimo de personajes rotos que descubren, demasiado tarde, que el miedo era lo único que los mantenía a salvo.
«Abismos de celuloide» reúne una serie de relatos de terror y suspense que comparten una misma obsesión: el instante en que la realidad cotidiana se agrieta y deja pasar algo que no debería existir. Javier Lacomba Tamarit construye cada historia sobre un decorado familiar —el sur estadounidense golpeado por el desastre, las rutas polvorientas del interior, los edificios públicos convertidos en refugio— y lo va desplazando, casi imperceptiblemente, hacia el territorio de la pesadilla.
El relato que abre el volumen sigue a un agente de policía marcado por una pérdida que nunca supo explicarse: un compañero arrancado del suelo por un tornado en Texas, y una obsesión que le costó el matrimonio, el trabajo y buena parte de la cordura. Años después, patrullando una ciudad sitiada por el agua, un encuentro con una desconocida le revela que su trauma no era una casualidad meteorológica, sino la huella de una presencia que se oculta en la furia de los elementos y aprovecha el caos para llevarse lo que desea. Lo que sigue es una noche de calles inundadas, criaturas surgidas del folclore local y una escuela convertida en el último bastión posible, donde el protagonista descubre que su ausencia de miedo —esa que tanto le costó ganar— es el único arma que le queda.
Otras piezas se desplazan a registros distintos sin abandonar el tono. Un hombre de mediana edad celebra su recién estrenada libertad al volante de un descapotable en la Ruta 66, con la tarta comprada en un merendero y una carga en el maletero que explica todo lo demás; su viaje coincide con el día en que, en distintos puntos del país, empieza a informarse de estallidos de violencia inexplicables. La ironía negra y el humor seco de ese relato conviven con el horror puro de otras entregas, incluida una historia dividida en dos partes que el autor deja como columna vertebral del conjunto, y un epílogo que reflexiona sobre la obra desde dentro.
Lo que unifica la antología no es un universo compartido sino una gramática: personajes ordinarios sometidos a una prueba desproporcionada, un mal que rara vez explica sus motivos y una atención muy concreta al detalle sensorial —el agua entrando por una ventanilla rota, el cristal clavado en las palmas, el zumbido de los grillos en una gasolinera desierta— que hace creíble lo increíble. La construcción es deliberadamente cinematográfica: planos, cortes, silencios antes del golpe. De ahí el título, que sugiere un cine íntimo proyectado sobre el lector.
Se trata de una lectura pensada para quien disfruta del terror que no necesita explicarlo todo, del suspense que crece por acumulación y de los finales que dejan una puerta entreabierta. Ninguno de los relatos ofrece consuelo fácil; varios sugieren que la victoria, cuando llega, es apenas un aplazamiento. Como advierte la propia obra con humor, el autor no se hace responsable de los efectos causados por su lectura.