Elizabeth despierta en el suelo del salón de su mejor amiga, mareada y sin recuerdos de la noche anterior, y jura que no ha bebido nada. Dos semanas antes, su vida cabía sin sobresaltos en un apartamento pequeño compartido con Josh, el…
Descargar
Elizabeth despierta en el suelo del salón de su mejor amiga, mareada y sin recuerdos de la noche anterior, y jura que no ha bebido nada. Dos semanas antes, su vida cabía sin sobresaltos en un apartamento pequeño compartido con Josh, el hombre al que ama. Entre esos dos puntos se abre «Abre los ojos», la novela de Kike González sobre lo que ocurre cuando un tercero cruza la puerta de una pareja y la convivencia empieza a medirse en detalles: una taza heredada que se rompe, un café servido a la temperatura exacta, una invitación que llega antes a otro oído que al propio.
Beth tiene veintitrés años, un puesto reciente en el bufete de abogados de su padre y un año de convivencia con Josh, su novio desde hace dos. El apartamento que el padre de él les cedió es diminuto, pero les alcanza: hay zumo de pomelo fresco en la nevera, partidos grabados en el televisor y un juego de tazas que Beth heredó de su abuela Penny y que trata como si fueran reliquias. Sobre ese equilibrio menudo y satisfecho llega Andy Goldberg, el mejor amigo de Josh, su hermano del alma, que necesita un sitio donde quedarse unos días.
La novela avanza por jornadas contadas —día uno, día dos, día tres— y deja que la tensión se acumule donde nadie la señala en voz alta. Beth no tiene nada concreto contra Andy: él cocina, limpia, se disculpa, se ofrece a restaurar la taza que se rompió por su culpa. Y sin embargo cada gesto amable llega con una astilla dentro. La libertad de decidir qué ponerse por la mañana desaparece. Una silueta inmóvil en la sala a mitad de la noche termina en una quemadura. Un plan largamente esperado se comparte primero con el invitado. Andy sabe qué ensalada es la favorita de ella, y nadie recuerda con exactitud haberlo dicho. Sarah, la amiga de Beth —diseñadora y empresaria de moda que a su edad ya dirige su propia firma—, pone nombre a lo que ocurre con una sensatez que resulta cómoda: son celos, se pasan, dale unos días. Beth acepta el diagnóstico porque quiere creerlo.
La fuerza del libro está en su punto de vista. Beth narra en presente, corrigiéndose mientras habla, dedicándose instrucciones internas para no rodar los ojos, midiendo su propia irritación antes de expresarla y quedando siempre, ante sí misma, un poco culpable de sentirla. Ese hábito de reinterpretar lo que le incomoda hasta volverlo razonable es el auténtico terreno de la novela: la distancia entre lo que una persona percibe y lo que se autoriza a percibir. El lector, que ya vio la escena del suelo de la alfombra y el grito ahogado, avanza por la parte doméstica con una ventaja incómoda y una certeza que la protagonista aún no tiene.
Estructurada en tres partes y con un prólogo desplazado hacia el final, «Abre los ojos» se mueve entre el romance contemporáneo y el suspense psicológico sin renunciar a ninguno de los dos. Hay deseo, reconciliaciones en cafeterías a las ocho de la mañana, notas escritas a mano junto a una taza tibia, planes de escapada a una cabaña familiar recién estrenada. Y hay, debajo, el relato de un hombre que perdió su futuro deportivo por una lesión en la rodilla y la depresión que vino después, y de una amistad masculina tan cerrada sobre sí misma que quien está fuera de ella no encuentra por dónde entrar. La pregunta que sostiene la lectura no es qué pasó esa noche, sino algo más difícil de responder: cuántas señales llegaron antes, cuántas veces Beth las tuvo delante y decidió mirar hacia otro lado por no ser la mala del cuento.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.