Memorias del diplomático cubano Germán Sánchez Otero, embajador en Caracas durante los sucesos de abril de 2002. Testigo cercano del gobierno de Hugo Chávez y de la crisis que interrumpió brevemente su mandato, el autor reconstruye desde…
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Memorias del diplomático cubano Germán Sánchez Otero, embajador en Caracas durante los sucesos de abril de 2002. Testigo cercano del gobierno de Hugo Chávez y de la crisis que interrumpió brevemente su mandato, el autor reconstruye desde su propia experiencia el clima político de los años previos, las advertencias que circulaban sobre un posible golpe de Estado y las horas de tensión vividas en la sede diplomática. Un relato en primera persona que combina la crónica, la anécdota y el análisis, con prólogo de José Vicente Rangel.
Hay libros que nacen de una pregunta hecha en voz alta. Este empieza en una playa al este de La Habana, en 2011, cuando cuatro amigos que trabajaron en Venezuela conversan sobre lo ocurrido casi una década antes y uno de ellos formula la interrogante que lo desencadena todo: ¿cuándo se habló por primera vez de un golpe? De esa charla, y de la insistencia de sus interlocutores en que aquellas vivencias no le pertenecían solo a él, surge el impulso de escribir estas memorias.
Germán Sánchez Otero fue embajador de Cuba en Venezuela durante los años en que el proyecto bolivariano se instalaba en el poder y encontraba su primera gran resistencia. Desde esa posición —a la vez privilegiada y expuesta— reconstruye una secuencia que arranca mucho antes de abril de 2002: el juramento sobre la «moribunda» Constitución de 1961, el referendo y la Asamblea Constituyente, la aprobación de la Carta Magna de 1999, el Plan Bolívar 2000 y su apuesta por la alianza cívico-militar, la reactivación de la OPEP y los acuerdos de cooperación entre Caracas y La Habana. Sobre ese trasfondo se van depositando, capa sobre capa, los primeros rumores de conspiración.
El corazón del libro son las conversaciones. Un almuerzo en La Casona en mayo de 2000, con arepas, guayoyo y una pregunta directa sobre los «ruidos de sables» en los cuarteles. Una confidencia susurrada en una fiesta militar, entre música llanera y humo de tabaco. Un encuentro nocturno a finales de marzo de 2002, cuando las señales ya no admitían lectura ambigua y el presidente respondía, una y otra vez, que el pueblo y la mayoría de las Fuerzas Armadas impedirían cualquier aventura. El autor registra esos diálogos con detalle sensorial y los deja hablar por sí mismos, sin suavizar las diferencias de criterio que existían entonces dentro del propio campo bolivariano.
A esa trama personal se suma la interpretación de fondo que el libro propone. Sánchez Otero sostiene que la crisis operó en dos planos simultáneos: uno visible, hecho de movilización callejera, presión mediática y apelaciones a la paz; otro subterráneo, tejido con mandos militares, sectores empresariales y eclesiásticos, y con la participación de actores externos. Para ordenar esa lectura recurre a una frase de José Martí que atraviesa el volumen como advertencia: «En la política lo real es lo que no se ve». El asedio a la embajada cubana durante aquellas jornadas, y la respuesta popular del 13 de abril, ocupan un lugar central en el testimonio.
El resultado es un texto híbrido: memoria diplomática, crónica de días excepcionales y ensayo político sobre el poder, la lealtad y los límites de la información. Está escrito en un registro coloquial y cálido, atento al detalle doméstico —una comida, un CD de Alí Primera, una taza de café— tanto como a la maniobra de gabinete. El prólogo de José Vicente Rangel, canciller y luego vicepresidente en aquel período, lo sitúa como carta de navegación y no solo como recuerdo. El lector encontrará aquí una versión declaradamente comprometida de los hechos, valiosa precisamente por lo que tiene de mirada situada: la de alguien que estuvo dentro, tomó notas y decidió, años después, ordenarlas.
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