Tras huir de un matrimonio violento en Málaga, Adriana encuentra al abuelo que nunca conoció y, con él, la posibilidad de empezar de nuevo en Madrid.
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Tras huir de un matrimonio violento en Málaga, Adriana encuentra al abuelo que nunca conoció y, con él, la posibilidad de empezar de nuevo en Madrid. Un curso de escritura en la Escuela de Arte Absenta la pone frente a Porfirio de la Fuente, un profesor tan encantador como difícil de explicar: los libros saltan hacia su mano, los relojes se descompasan a su alrededor y su hija asegura, entre risas, haber nacido en otro planeta. Primer volumen de la serie Absenta, la novela combina romance, intriga doméstica y ciencia ficción especulativa en torno a un secreto que llevaría milenios oculto.
Adriana llega a Madrid con lo puesto y una herida reciente: la muerte de su madre y un matrimonio del que salió a los golpes. Lo que parecía una fuga se convierte en un reencuentro cuando localiza a don Jaime, el abuelo del que solo tenía fotografías. Instalada en el antiguo dormitorio de su madre, entre cuentos de hadas y pósters descoloridos, empieza a reconstruirse a fuerza de churros compartidos, reproches cariñosos y un bolígrafo chapado en oro que su abuelo le regala como quien entrega un oficio.
Es él quien encuentra en el periódico el anuncio de la Escuela de Arte Absenta, un taller de narrativa que abre plazas subvencionadas. La entrevista con el director, Porfirio de la Fuente, dura poco y descoloca mucho: habla un castellano sin acento de ninguna parte, mira con una intensidad que Adriana no había conocido antes y hace que un volumen se desprenda de la estantería y aterrice en su mano. La explicación —un mecanismo escondido en un cajón, un capricho de aficionado a la tecnología— llega demasiado rápido para ser del todo convincente.
El taller resulta ser, además de una clase de personajes, trama y estructura, un pequeño ecosistema: Lucía y sus manos tatuadas, Javi y sus polvos de colores, y Libertad, la hija del profesor, que dice venir de un lugar de la Vía Láctea cuyo nombre prefiere no recordar, dobla los cubiertos como si fueran plastilina y deja entrever, al parpadear, una membrana que no debería estar ahí. Porfirio lo atribuye a una enfermedad y a un defecto ocular; Adriana quiere creerle, entre otras cosas porque quiere creerle.
Mientras tanto, el pasado insiste. Un ramo de treinta rosas firmado por un remitente imposible, una carta sin sello en el buzón y la silueta de Manolo al otro lado de la calle devuelven a Adriana al lenguaje de la culpa, la deuda y la promesa de que esta vez será distinto. La novela sostiene ese contrapunto con naturalidad: la amenaza concreta, cotidiana, de un hombre que confunde amor con propiedad, frente a una amenaza —o una promesa— de escala cósmica que apenas asoma.
La Absenta del título funciona como brújula del libro: bebida de artistas y visionarios, elixir que aclara la cabeza en dosis mínimas y la desordena en exceso, y también el nombre de una escuela, de un pub y de un mundo. En el bar donde el taller celebra sus presentaciones, un pasillo, una llave y una ranura en la pared abren para Adriana un tránsito que ninguna explicación técnica alcanza a cubrir, y con él la sospecha de que la civilización humana no fue la primera en pensar sobre esta tierra.
Contada en primera persona y en presente, con diálogo abundante y capítulos breves que avanzan como escenas, Serenata Sideral es a la vez una novela de aprendizaje —el de una mujer joven que recupera la voz aprendiendo a escribir— y el arranque de una historia de amor entre dos especies. Eugenia Carrión dosifica lo extraordinario con humor y prudencia, dejando que el lector dude junto a su protagonista antes de decidir qué está dispuesto a aceptar.