Carolyn Black lleva años prestando su voz a Diana Maddox, la investigadora criminal de una serie de novelas superventas, y está convencida de que el papel en la adaptación cinematográfica le pertenece.
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Carolyn Black lleva años prestando su voz a Diana Maddox, la investigadora criminal de una serie de novelas superventas, y está convencida de que el papel en la adaptación cinematográfica le pertenece. Quien decide es Annelie Peterson, la editora que posee los derechos: una mujer discreta, inmensamente rica y con un pasado que casi nadie conoce. Una invitación aparentemente inocente —usar la piscina de su casa en Florida— pone frente a frente a dos voluntades igual de firmes, cada una con su propia agenda y con un deseo que ninguna de las dos había previsto.
A los cuarenta y cinco años, Carolyn Black sabe exactamente cuánto vale y cuánto le queda. Estrella de Broadway con un Tony a cuestas y un pasado de gloria en la televisión diaria, ha construido una carrera a fuerza de disciplina y de una ambición que sus allegados llaman, con cariño y algo de reproche, implacable. Cuando se anuncia la adaptación al cine de la serie de novelas protagonizada por la investigadora criminal Diana Maddox —el personaje al que ella misma ha puesto voz en unos audiolibros de enorme éxito—, Carolyn no lo vive como una oportunidad más, sino como el papel que justifica todo lo demás. Presiona a su agente, calcula cada aparición pública y decide ir directamente a la única persona cuya opinión importa.
Esa persona es Annelie Peterson, propietaria de Key Line Publishing y titular de los derechos. Desde fuera es una figura casi mitológica: una editora que convirtió un sello mediano en una espina para los grandes de la industria, anfitriona de galas benéficas de mil dólares el cubierto, retratada por la prensa económica como una fuerza en ascenso. Desde dentro es una mujer reservada que ha aprendido a desconfiar de los motivos ajenos, porque su fortuna llegó de golpe y con ella una vida entera reinventada, incluido un nombre que ya no usa. Annelie no oculta quién es, pero tampoco lo declara; su intimidad es el único territorio que no ha puesto nunca en el mercado.
El encuentro entre ambas sucede en terreno neutral y en clave de esgrima: cortesías, indirectas sobre adaptaciones fallidas, una puja generosa en una subasta benéfica. Annelie admira la fuerza de Carolyn y desconfía de ella al mismo tiempo; Carolyn detecta un interés que no sabe si es profesional o de otro orden, y sopesa fríamente cómo usarlo. Ninguna de las dos juega limpio del todo. Annelie tiene planes para el contrato de los audiolibros que Carolyn no imagina, y una lista de distribuidores que prefiere una actriz más joven. Carolyn tiene décadas de oficio convirtiendo la atención ajena en contratos. La invitación a nadar en la casa de Golden Beach es, para las dos, una jugada.
Lo que la novela va desplegando es todo aquello que ninguna de las dos había puesto sobre la mesa. Detrás de la estrella hay una hermana mayor que renunció a la universidad para criar a sus hermanos tras la muerte de sus padres, y que sigue respondiendo al teléfono a las dos de la madrugada. Detrás de la magnate hay una mujer que a veces confunde la privacidad con la soledad. Ambientada entre el brillo de Miami, las salas de reuniones de la industria editorial y la maquinaria de una producción cinematográfica, es una historia de romance contemporáneo entre mujeres que se pregunta qué está dispuesta a ceder cada una: Carolyn, el control de su imagen y su distancia emocional; Annelie, unos principios que hasta ahora nunca había negociado. El resultado es un relato de ambición, cálculo y atracción en el que el papel más difícil de interpretar resulta ser el propio.
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