Valencia, noviembre de 1974. Después de una cena larga entre copas de vino blanco y discos que se repiten solos, una joven de veinte años se queda paralizada frente a su amiga Gerda intentando decir algo que lleva media vida guardando.
Descargar
Valencia, noviembre de 1974. Después de una cena larga entre copas de vino blanco y discos que se repiten solos, una joven de veinte años se queda paralizada frente a su amiga Gerda intentando decir algo que lleva media vida guardando. De esa escena de silencio arranca una novela que retrocede hasta 1966, cuando la protagonista era una niña de doce años recién llegada a una escuela de arte, para reconstruir cómo se aprende a nombrar un deseo del que nadie habla.
Todo empieza con una conversación que no llega a producirse. Vera ha ido, como tantas noches, a casa de Gerda; iban a cenar y a ver una película, pero el plan se deshace entre platos improvisados, música y confidencias, y cuando la luz de la lámpara de pie tiñe la habitación de naranja algo se le sube a la garganta y se queda ahí. Las palabras existen, le golpean las sienes, pero no salen. Es la amiga quien acaba formulando en voz alta la pregunta que ella no puede pronunciar.
Desde ese punto, la narración vuelve atrás. En octubre de 1966, un padre acompaña a su hija de doce años, la más pequeña de la promoción, hasta el portalón de una escuela de arte en el centro de Valencia. Allí, entre caballetes húmedos, barro que se seca y trapos que alguien roba, la niña conoce a una compañera mayor de sonrisa torcida y aprende a mirar de reojo, a fingir indiferencia, a inventar excusas para acompañarla, a probarse su anillo un instante mientras hace cola en las pilas. Es un enamoramiento que no tiene nombre ni idioma: se escribe con el vaho del espejo del baño y se borra enseguida con una toalla.
La novela alterna esa infancia con los meses posteriores a la revelación de 1974. Vera se sienta de noche frente a una fuente de la Alameda y hace cuentas consigo misma: qué estaría dispuesta a dar por bailar con una chica, dónde estarán las otras, cómo reconocerlas si nadie se deja ver. Aparece también un sueño recurrente y luminoso en el que se acaricia una barba suave y se gusta. Y aparece Gerda, que cuenta su historia a terceros con demasiada ligereza y propone, con la mejor intención, la solución que su época consideraba razonable: visitar a un psicólogo moderno.
El fondo es la España tardofranquista, presente sin subrayados: el parte de guerra en azulejos que preside la escalera de la escuela, el permiso paterno pedido desde una cabina, la cama plegable que se guarda cada mañana tras una cortina, la vecina que compara regalos. Escrita con una atención minuciosa a los objetos —la ropa, la loza, los discos, la luz—, la obra construye una intimidad casi táctil y convierte un silencio de unos minutos en el centro de gravedad de toda una vida. Una historia de identidad y soledad contada sin épica, desde el pulso concreto de quien descubre que no tiene con quién compartir lo que le pasa.