En una mansión de Beverly Glen, un exmúsico con las manos destrozadas por la violencia y la adicción convive con una vampira que lo salvó de la heroína a cambio de sangre y compañía.
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En una mansión de Beverly Glen, un exmúsico con las manos destrozadas por la violencia y la adicción convive con una vampira que lo salvó de la heroína a cambio de sangre y compañía. Entre noches de confidencias, recuerdos fragmentarios y un pasado que se remonta a la Virginia de 1837, la novela entrelaza el romance gótico con la crónica del exceso, la fama y la culpa, mientras una empleada doméstica trama un robo en la casa que ambos comparten.
La historia se abre en un jardín de Los Ángeles donde Keith, antiguo guitarrista de una banda de éxito llamada SMX, intenta recomponer los fragmentos de su memoria mientras oculta unas manos vendadas y maltrechas. Ha sobrevivido a la heroína, al suicidio de su novia y a una agresión que acabó con su carrera, y ahora vive bajo el ala de Justine, una vampira que lo mordió, decidió no matarlo y lo mantuvo a su lado como cuidador diurno y confidente nocturno. Entre ellos se establece un vínculo ambiguo, a medio camino entre la dependencia, el afecto y el sometimiento, que la novela explora a través de largas conversaciones en el sofá, recuerdos entrecortados de Justine —cuya memoria es apenas un mosaico de imágenes sueltas— y las confesiones de Keith sobre su tormentosa relación con la modelo Renata Spengler, marcada por el deseo, la humillación mutua y una tragedia final.
A través de estas noches compartidas, el relato indaga en la naturaleza de Justine como depredadora que solo mata cuando es imprescindible y que borra el rastro de sus víctimas con una suerte de hechizo amnésico, y en el horror silencioso que Keith siente al reconocerse como su sirviente, su ‘familiar’, atrapado entre el miedo y una intimidad genuina. Un salto temporal lleva al lector hasta la Virginia rural de 1837, donde un joven llamado James Robert Ward, camino a casa y absorto en pensamientos amorosos, se topa en un bosque con una misteriosa joven de manos heladas: un episodio que ilumina, en clave de relato gótico clásico, el origen remoto de la propia Justine y la naturaleza cíclica de su condición.
Paralelamente, la novela sigue a Consuela, la empleada de la limpieza de la casa, cuya curiosidad por unas habitaciones siempre cerradas la lleva a planear, junto a su pareja Elvis y unos primos, el robo de los objetos de valor que allí se acumulan. Su historia añade una capa de tensión cotidiana y moral —la pequeña codicia humana frente al misterio sobrenatural que ocurre a puerta cerrada— y sirve de contrapunto realista a la relación entre Keith y Justine. El libro cierra este primer tramo regresando a la infancia de Keith, marcada por el alcoholismo paterno, el maltrato y una adolescencia de fugas y pequeños hurtos, así como a un episodio juvenil de violencia ligado a un promotor musical sin escrúpulos, trazando así el retrato de un hombre formado por el abandono mucho antes de conocer a su salvadora inmortal.
Con un tono introspectivo y una prosa que alterna la sensualidad y el desasosiego, la obra construye un díptico entre el mito vampírico y la crónica íntima de la adicción, la fama y la culpa, sugiriendo que la condición de ‘no muerto’ puede ser, ante todo, una metáfora de la supervivencia emocional.