En un Nueva York asfixiado por la peor ola de calor en ochenta años, el teniente John Brannagan, veterano de Homicidios del NYPD, recibe en su computador un acertijo anónimo con una condición brutal: resolverlo antes de las nueve de la…
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En un Nueva York asfixiado por la peor ola de calor en ochenta años, el teniente John Brannagan, veterano de Homicidios del NYPD, recibe en su computador un acertijo anónimo con una condición brutal: resolverlo antes de las nueve de la noche o alguien morirá. La firma es inconfundible, el conocido logotipo de la ciudad con el corazón invertido. Cuando descarta el primer mensaje como una excentricidad más, el cuerpo de una joven azafata aparece degollado y con esa misma marca escondida en la boca. Dos semanas después el juego se reanuda, y esta vez Brannagan sabe que el reloj es real.
Todo empieza como una molestia rutinaria. En veinticinco años de servicio, el teniente John Brannagan ha visto desfilar por su bandeja de entrada a videntes, mitómanos, denunciantes de abducciones y piratas informáticos capaces de burlar los sistemas de la policía neoyorquina, así que un acertijo infantil con amenaza incluida no le parece digno de atención. El error le costará caro: horas después, en un local de Greenwich Village, aparece el cadáver de una azafata con el cuello seccionado. Solo en la morgue, cuando el forense extrae de su boca una cinta con el logotipo de la ciudad y el corazón puesto al revés, Brannagan entiende que el remitente cumple lo que anuncia.
A partir de ahí la novela adopta la forma de un duelo cronometrado. El asesino envía su enigma el mismo día en que planea matar, fija las nueve de la noche como límite y deja que la policía adivine no solo la solución, sino también el lugar donde esa solución lo llevará. Las reglas son suyas; Brannagan y su equipo apenas pueden seguirlas. Con los detectives Ricky Vargas y Vincent Corelli, y con el apoyo de un viejo compañero de patrulla destinado en Midtown, el teniente se lanza a una carrera contrarreloj por una ciudad colapsada: atascos en la FDR, apagones, trenes que reducen la velocidad porque los rieles se dilatan, hospitales llenos de ancianos deshidratados. El calor no es decorado, es un personaje más, y multiplica la violencia que la trama va destapando.
La segunda cita se juega en un cine al aire libre, ante miles de espectadores, y demuestra hasta dónde llega la audacia del criminal: matar en público, rodeado de testigos, sin que nadie vea nada. La estampida que sigue arruina la escena del crimen, la prensa acecha y la cadena de mando —capitán, comisionado y un alcalde en plena campaña por un tercer mandato— empieza a presionar sobre un policía que arrastra el peso de no haber llegado a tiempo.
El relato construye a su protagonista sin concesiones: corpulento, malhumorado, en plena guerra contra el tabaco a base de chicles y café frío, celebrado por la prensa como cazador de asesinos seriales y consciente de que esa reputación es justo lo que atrae al hombre que ahora lo desafía. Alrededor suyo, la novela dibuja un retrato ácido y muy documentado de Nueva York: sus parques recuperados, su mosaico de comunidades, sus contradicciones sociales y la paranoia cotidiana de quien lleva demasiados años mirando a todo el mundo con sospecha. Un thriller de investigación clásico, de ritmo sostenido y estructura de reloj, donde cada acertijo resuelto es una vida salvada y cada minuto perdido, una sentencia.