Un poemario que medita sobre el tiempo, la memoria y la disolución del yo a través de imágenes del arte, el retrato, la escultura y los objetos cotidianos, explorando cómo la conciencia se construye y se pierde en el lenguaje.
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Un poemario que medita sobre el tiempo, la memoria y la disolución del yo a través de imágenes del arte, el retrato, la escultura y los objetos cotidianos, explorando cómo la conciencia se construye y se pierde en el lenguaje.
Esta colección de poemas reúne una serie de reflexiones líricas organizadas en torno a un mismo eje temático: la relación entre el tiempo, la memoria y la identidad. A lo largo de piezas como ‘El tiempo del diamante’, ‘Oyear’ o ‘Destiempos’, la voz poética indaga en la fragilidad del yo, presentado no como una entidad fija sino como un eco, un destello o una construcción del lenguaje que se disuelve tan pronto como se nombra. El recurso a las artes visuales y escénicas —el retrato, la naturaleza muerta, el grupo escultórico, el cine doméstico de otro tiempo— funciona como espejo desde el cual observar cómo el instante se petrifica en la memoria y, al mismo tiempo, se escapa de cualquier intento de fijación. Poemas como ‘El jugador de póker’ y ‘Grupo escultórico’ insisten en la imagen de figuras suspendidas fuera del tiempo, mientras que ‘Retrato de ausentes’ recupera la nostalgia de un pasado familiar filtrado por el cine y la proyección, cuestionando la fiabilidad misma del recuerdo. ‘Anotación a Keats’ y ‘Jazmines en Florencia’ introducen una reflexión sobre la belleza como forma inseparable del dolor y la pérdida, mientras que ‘La quête’ retoma el imaginario de la búsqueda medieval para plantear la existencia como un ciclo sin resolución, atravesado por la duda sobre la propia realidad del sujeto que escribe y de quien lee. El libro cierra con ‘Hacia la flor perpetua’ y ‘Naturaleza muerta con retrato en su pie’, donde se plantea una tensión entre el Sur y el Norte, la luz y la niebla, como metáforas de una identidad dividida que nunca termina de asentarse en un solo lugar ni en un solo tiempo. En conjunto, la obra propone una poética de la contemplación, en la que la quietud del objeto artístico —el diamante, el lienzo, el bronce— sirve de umbral para pensar la muerte, la belleza y la naturaleza esquiva del propio yo.