En el Cinecittà de 2017, condenado a desaparecer bajo un proyecto inmobiliario, un periodista estadounidense afincado en Madrid recorre los decorados vacíos buscando material para un reportaje nostálgico.
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En el Cinecittà de 2017, condenado a desaparecer bajo un proyecto inmobiliario, un periodista estadounidense afincado en Madrid recorre los decorados vacíos buscando material para un reportaje nostálgico. Lo que encuentra es un anciano que construyó allí murallas, circos y carrozas durante medio siglo, y que guarda una historia ligada a un cartel concreto: el del rodaje romano de 1957 en el que David O. Selznick quiso repetir su gran triunfo y perdió a su director cuatro días antes de empezar. «Te recuerdo cada día» arranca en ese banco improvisado, entre una fachada de utilería y una memoria que sigue en pie.
Jerry Weintraub llega a Cinecittà con la sensación de estar visitando una casa que nunca habitó. Hijo de un brigadista que le contagió su fascinación por España, divorciado, reconvertido en cronista freelance de cine tras cambiar Los Ángeles por un piso pequeño en Madrid, cruza la puerta art déco de los estudios sabiendo que dentro de poco no habrá nada que cruzar: los platós donde Fellini rodó sus obras maestras están a punto de convertirse en apartamentos, un aparcamiento subterráneo y un supermercado. Le han encargado glamour y anécdotas; él querría, además, dejar constancia de la pérdida.
Recorre la Mostra, los decorados de la Roma antigua, el Teatro Cinque, y al final del día llega, ya solo, a las calles falsas del Five Points que Scorsese levantó para «Gangs of New York». Allí, entre carteles descoloridos de «Guerra y paz», «Quo Vadis» y «Adiós a las armas», una voz a su espalda le pregunta si ha visto la película. El hombre que pregunta tiene noventa años, un bastón que detesta y una autoridad tranquila: trabajó cincuenta años en esos estudios haciendo decorados, le prestó libros Fellini y le ganó al póker Vittorio De Sica. También ayudó a construir aquella película que a Jerry no le convenció del todo. Y tiene algo que contar sobre ella.
La historia retrocede a la primavera de 1957, cuando a Roma se la llamaba «el Hollywood del Tíber». Arthur Fellows, cuarenta años recién cumplidos y veinte de escalada desde chico de los recados hasta productor asociado, acaba de recibir la llamada que hace saltar por los aires medio año de preproducción: John Huston renuncia a dirigir «Adiós a las armas» a cuatro días del primer plano de cámara. Fue Fellows quien apostó por él, quien voló hasta Tobago a ofrecerle el trabajo, quien creyó que podría hacer de bisagra entre dos egos que nadie más creía compatibles. El resultado es un productor solo en una suite de la Via Veneto, con la vista más hermosa de Roma delante y un desastre a sus pies.
Alrededor de esa grieta se ordena todo lo demás: un Selznick de cincuenta y cinco años, con el pelo blanco, dos fracasos consecutivos a la espalda y la certidumbre de que solo puede haber un individualista en un rodaje; sus memorandos interminables, escritos con una franqueza que hiere más que el insulto; una estrella que es también su esposa y cuyo lucimiento nadie puede tocar; un cine que ha cambiado de reglas y exige espectáculo colosal a cambio de una entrada barata. Y, en el margen, la gente que sostiene la maquinaria sin salir en los créditos: secretarias que trabajan desde un hotel más modesto porque el presupuesto no da para más, carpinteros, ujieres, constructores de mundos que se desmontan al terminar el rodaje.
Es una novela sobre la industria del cine contada desde sus bastidores y desde el escalafón de abajo, con la precisión de quien conoce presupuestos, contratos con el ejército italiano y jerarquías de hotel. También es un libro sobre la memoria y sobre lo que merece conservarse: dos hombres sentados en la escalinata de un decorado que nadie va a volver a filmar, uno con la grabadora sin batería y el otro con la única historia que de verdad quería contar.
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