Grace es lutier: repara y construye chelos en una tienda inglesa, y toca a solas porque tocar delante de alguien la paraliza. Su vida sentimental cabe en escapadas breves a París con David, un hombre casado que hace ocho años ocupa el…
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Grace es lutier: repara y construye chelos en una tienda inglesa, y toca a solas porque tocar delante de alguien la paraliza. Su vida sentimental cabe en escapadas breves a París con David, un hombre casado que hace ocho años ocupa el centro de todo lo que ella espera. Una noche de julio, al volver de un concierto, una mujer embarazada se desploma sobre las vías del metro y David salta a rescatarla. El gesto lo convierte en héroe anónimo de toda la ciudad, hasta que Grace descubre que las cámaras de seguridad también la grabaron a ella, corriendo detrás de él.
La novela abre con una lección de anatomía: de qué está hecho un chelo, qué hacen el alma y la barra de bajos, por qué un desajuste de una fracción de milímetro basta para desafinar el instrumento entero. Esa precisión no es adorno. Es la manera en que Grace, la narradora, entiende el mundo: hay piezas invisibles que sostienen la estructura, y cuando una se mueve, todo lo demás deja de sonar bien.
Grace es lutier y restauradora en una pequeña tienda inglesa. Su vida está organizada con el mismo cuidado con que barniza un chelo: la casa impecable y vacía, la nevera sin leche, los sábados con Nadia, su ayudante adolescente de lengua afilada y puntería incómoda. Y en el centro, David, que vive en Estrasburgo con su mujer y sus hijos, y con quien Grace comparte un apartamento prestado en París unas pocas noches al año. Ocho años de un amor que ella ha aprendido a habitar sin mirar de frente, con una disciplina que describe sin dramatismo: no pensar en la otra casa se ha vuelto tan natural como respirar.
El relato arranca al final de un julio sofocante, con la ciudad a punto de vaciarse por vacaciones. David le regala entradas para un recital en el Conservatorio de París; un chelista adolescente toca «La Follia» de Corelli con una hondura que Grace nunca alcanzó a esa edad, y ella llora en la butaca. De vuelta, en un andén atestado, una mujer envuelta en un sari negro se desploma sobre las vías. Grace se queda inmóvil. David salta. Cuando lo sacan de allí, segundos antes de que llegue el tren, la mujer resulta estar embarazada: dos vidas, no una.
Al día siguiente París entero busca al héroe anónimo. Los titulares lo llaman «el hombre misterio», las fotos son demasiado borrosas para identificarlo. Pero hay un vídeo. En él se ve a David subiendo la escalera mecánica de tres en tres, y detrás, corriendo torpemente para alcanzarlo, una mujer menuda con falda verde. Cualquiera que los conozca sabría lo que son. También su mujer. También sus hijos.
A partir de ahí la novela alterna dos corrientes. Una avanza hacia adelante: David se encierra a hablar por teléfono en francés rápido, improvisa unas vacaciones familiares en España, y Grace vuelve a Inglaterra con el desconcierto de una despedida que no terminó de ocurrir. La otra retrocede. Está el chelo de Cremona que Grace ha terminado de barnizar para la Trienal, el concurso al que David la inscribió a sus espaldas porque sabía que ella nunca se atrevería. Está lo que pasó en el conservatorio: la clase magistral de Nikolai Dernov, el cuarteto de Mozart que se sabía de memoria, el atril que se tambalea, el chico de pelo oscuro que tocaba la viola, la mejor amiga, la expulsión a los diecinueve años de la que no ha hablado con nadie.
Cuando Nadia la sorprende tocando y le pregunta por qué nadie sabía que lo hacía así, Grace se queda sin saliva y con manchas de pánico en los antebrazos. Es la primera grieta. Lo que la novela va poniendo al descubierto, con esa misma calma técnica del prólogo, es que la historia que Grace se cuenta sobre su vida —el futuro compartido, la casa con habitaciones para los hijos de él, el día en que por fin podrá tocar para David— también está sostenida por piezas que nadie ve, y que una de ellas acaba de moverse.