En el Londres de posguerra, Michael Brett bebe whisky en un club nocturno del Soho hasta que un oficial condecorado lo señala en público como traidor y desertor.
Descargar
En el Londres de posguerra, Michael Brett bebe whisky en un club nocturno del Soho hasta que un oficial condecorado lo señala en público como traidor y desertor. La acusación vacía la sala de simpatías y llena la calle de policías, pero también le abre una puerta inesperada: la de una mujer elegante que lo saca de allí en su coche sin pedirle explicaciones. Entre bares, pisos lujosos y calles a oscuras, un hombre que asegura odiar las complicaciones descubre que su reputación arruinada quizá sea justo lo que alguien andaba buscando.
Todo empieza en un taburete. Cuero rojo, cromados, espejos y una camarera llamada Pauli que sabe exactamente cuánta soda no debe echarle al whisky: el club de Greek Street es un refugio caro y anónimo donde Michael Brett pasa las noches contando billetes con más humor que dinero. La rutina se rompe cuando por las escaleras baja un oficial canadiense cargado de condecoraciones, lo reconoce y le escupe su nombre delante de todos. Traidor. Desertor. Un hombre que, según él, iba a gobernar Quebec bajo bandera alemana.
La pelea que sigue es breve y sucia, y el golpe que deja a Brett en el suelo importa menos que lo que ocurre después: cuando abre los ojos, una docena de espaldas honradas se aleja de él en silencio. Ese desprecio colectivo es el verdadero castigo, y la novela lo retrata con una frialdad casi divertida, filtrada por la voz en primera persona de un narrador que se declara indiferente a las mujeres, alérgico a las explicaciones y aficionado a golpear primero cuando alguien decide bloquearle la salida.
Pero no todos se van. Una mujer que llevaba toda la noche escuchando desde el otro extremo del mostrador —platino, brillantes, un perfume que corta como un cuchillo de carnicero— lo espera en un coche aparcado a la vuelta de la esquina y lo pone a salvo justo cuando aparecen el oficial y dos policías. Se llama Elvira, conduce mejor de lo que él esperaba y no le pide que se justifique. Aun así, Brett se justifica: habla de un año detrás de las alambradas, de una guerra que parecía perdida, de decisiones que fueron resbalando sin premeditación, de la falta de pruebas que lo salvó de un consejo de guerra. Ella lo escucha con una comprensión demasiado perfecta para ser casual.
Del Serpentine al piso de Elvira hay un trayecto corto y una conversación larga, en la que dos personas se estudian mientras fingen confiarse. Él la compara con Dalila y decide que ese juego pueden jugarlo los dos. Ella habla de olvidar el pasado, de vencedores y de terceros asaltos que aún están por disputarse, y le entrega una tarjeta con todos sus datos y una promesa vaga: las cosas van a arreglarse antes de lo que él cree. En la calle, camino de un taxi, Brett confirma lo que ya sospechaba desde el principio: alguien con suelas de goma lo sigue por la acera oscura, y su reacción no es huir, sino dar la vuelta y esperarlo en las sombras.
Escrita en un registro seco, irónico y de diálogo rápido, esta novela de intriga se apoya en la ambigüedad de su protagonista: un hombre que confiesa con demasiada facilidad, que se hace el tonto cuando le conviene y cuyas explicaciones nunca terminan de encajar del todo. El lector no tarda en preguntarse lo mismo que Pauli murmura al despedirse —quisiera saber…—, y esa duda sostenida es el motor del libro. Detrás de la humillación pública, la mujer providencial y el perseguidor nocturno se adivina una operación mucho más deliberada de lo que parece, en un Londres donde la guerra ha terminado sobre el papel pero no en la cabeza de nadie.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.