Ida, arquitecta de cuarenta años, viaja a la cabaña de verano familiar en la costa noruega para celebrar el cumpleaños de su madre. Mientras carga con la soledad de no tener pareja ni hijos y guarda en secreto su plan de congelar óvulos en…
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Ida, arquitecta de cuarenta años, viaja a la cabaña de verano familiar en la costa noruega para celebrar el cumpleaños de su madre. Mientras carga con la soledad de no tener pareja ni hijos y guarda en secreto su plan de congelar óvulos en Suecia, su hermana menor Marthe le da una noticia que trastoca todos sus planes: después de años de intentarlo, abortos espontáneos incluidos, está embarazada. A lo largo de un fin de semana de reencuentros familiares, juegos infantiles y baños en el mar, Ida se debate entre el cariño hacia su hermana y un resentimiento que no logra nombrar del todo.
La novela sigue a Ida, una arquitecta de cuarenta años que emprende un viaje en autobús hasta la cabaña familiar en la costa sur de Noruega, donde se reunirá con su hermana Marthe, el marido de esta, Kristoffer, y la hija pequeña de él, Olea, para celebrar el sesenta y cinco cumpleaños de su madre. El relato, narrado en primera persona desde la perspectiva de Ida, alterna la crónica del reencuentro con recuerdos e incisos que revelan su vida interior: una reciente visita a una clínica de fertilidad en Gotemburgo, donde ha iniciado el proceso para congelar óvulos ante la ausencia de pareja estable; el peso de comparaciones constantes con Marthe, a quien siempre se ha considerado la hermana más torpe, más enferma —padece la enfermedad de Crohn— y más necesitada de consuelo; y una soledad que se filtra en los pequeños gestos cotidianos, desde las citas fallidas por aplicaciones de contactos hasta la incomodidad de dormir siempre en el mismo cuarto pequeño de la cabaña. El equilibrio entre las hermanas se quiebra cuando Marthe le anuncia, apenas llegan, que está embarazada tras años de intentarlo y de sufrir pérdidas. La reacción de Ida —una mezcla de alegría forzada, cautela y una envidia que apenas consigue disimular— se convierte en el eje emocional del relato, mientras ambas conviven durante el fin de semana entre baños en el mar, preparativos de la comida familiar, juegos con Olea y conversaciones que rozan antiguos resentimientos sin llegar a estallar del todo. Con una prosa íntima y minuciosa en el detalle sensorial —el olor de la madera vieja de la cabaña, el frío del agua, el ruido de los dibujos animados en un autobús abarrotado—, la obra explora la maternidad como umbral que separa a quienes lo cruzan de quienes se quedan esperando, los desequilibrios afectivos entre hermanas adultas y la dificultad de sostener el cariño familiar cuando conviven, en un mismo pecho, la generosidad y el rencor.