Un ingeniero viudo publica un anuncio manuscrito en un Petrogrado en ruinas: busca compañero para volar a Marte en cuatro días. Solo un soldado sin guerra que librar responde a la llamada.
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Un ingeniero viudo publica un anuncio manuscrito en un Petrogrado en ruinas: busca compañero para volar a Marte en cuatro días. Solo un soldado sin guerra que librar responde a la llamada.
En la Avenida del Amanecer Rojo, sobre el muro de una casa vieja, una hoja de papel gris propone lo imposible: acompañar al ingeniero M. S. Loss en su viaje al planeta Marte el 18 de agosto. Corre el año 1923 y Petrogrado es una ciudad de ventanas tapiadas, palacios quemados y transeúntes de mirada alucinada; el corresponsal norteamericano Archibaldo Skils, que lee el aviso por casualidad, concluye que toda Rusia se ha vuelto un sueño. Aun así anota la dirección.
Lo que encuentra al fondo de un patio sembrado de hierro oxidado es un galpón, un horno encendido y un huevo de metal de ocho metros y medio sostenido por andamios. Loss —canas prematuras sobre un rostro joven, pantalones remendados, la pipa siempre encendida— explica con serenidad desconcertante los cuarenta millones de kilómetros, el freno paracaídas, el cuello de metal elástico donde detona el «Ultralidito», las nueve o diez horas de caída libre entre dos atmósferas. Habla de mamuts congelados en Siberia con pasto entre los dientes, de un continente hundido al oeste de África, de señales indescifrables captadas por las estaciones radiotelegráficas de Europa y América que solo pueden venir de un mundo que quiere hablarnos. Skils compra la crónica del viaje a diez dólares la línea y se marcha; no piensa subir.
Pero el proyecto no se sostiene sobre la física. Lo que empuja a Loss fuera de la Tierra es Katia, muerta seis meses atrás, y una habitación cerrada con llave donde todavía cuelgan sus vestidos. En la última noche de insomnio confiesa lo único que teme de verdad: no la muerte —el golpe sería instantáneo— sino errar el blanco y vagar mil años vivo en la oscuridad. La soledad, no el vacío. Y sin embargo es la soledad lo que va a buscar, «lejos de este mundo».
Su compañero aparece cuando ya no lo espera: Alexei Ivanovich Gusev, veinte veces herido, fundador de cuatro repúblicas cuyos nombres ha olvidado, veterano de Majnó, de Budeny, de Perekop, incapaz de quedarse quieto donde no hay guerra. Pregunta por el salario y la comida antes que por el destino. En casa lo espera Masha, descalza y paciente, que hierve el agua a las dos de la madrugada bajo un techo dorado donde una mujer pintada sonríe rodeada de seis niños alados. Ella intuye que su marido se va muy lejos y no se atreve a preguntar cuánto.
Dos hombres, entonces: uno que huye de una tumba, otro que huye de la paz. Entre ellos, un aparato construido con los ahorros de un ingeniero y los materiales del Estado, y un planeta rojo que asciende cada noche sobre los tejados agujereados por las balas.
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