Una novela histórica que arranca en el auto de fe de Logroño de 1610, cuando la Inquisición condena a la hoguera a los acusados en el proceso de Zugarramurdi, y salta después a un valle nevado de finales del siglo XVII, donde una joven…
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Una novela histórica que arranca en el auto de fe de Logroño de 1610, cuando la Inquisición condena a la hoguera a los acusados en el proceso de Zugarramurdi, y salta después a un valle nevado de finales del siglo XVII, donde una joven madre camina hacia una iglesia con dos recién nacidos en una cesta. Entre ambos tiempos late la misma pregunta: qué se persiguió realmente bajo el nombre de brujería, y quién se benefició de perseguirlo.
El prólogo sitúa al lector en la celda de una mujer encadenada la mañana del 7 de noviembre de 1610. Un hombre encapuchado entra, paga al carcelero y le ofrece una salida: libertad, seguridad, una vida lejos de allí. María se niega con un desprecio que ninguna tortura le ha arrancado, y esa negativa decide el resto del día. Horas después, más de treinta mil personas llegadas de media Europa se agolpan en Logroño para ver arder once piras, seis con condenados vivos y cinco con efigies de quienes murieron antes en prisión. La feria coincide con el castigo: vino barato, comida abundante y el humo de la carne quemada.
La novela reconstruye con detalle el andamiaje que condujo hasta esa plaza. La confesión de una joven que regresa de Francia convencida de haber participado en akelarres desata en Zugarramurdi y Urdax una cadena de denuncias, arrepentimientos públicos y acusaciones cruzadas que termina implicando a centenares de vecinos. Frente a los inquisidores que juzgan las reuniones como herejía probada, don Alonso de Salazar y Frías defiende una tesis incómoda: que se está quemando a gente pobre, ignorante y aterrorizada por lo que confesó bajo tormento. Sus objeciones caen en saco roto aquel día, pero el relato sigue después su viaje por Navarra y las Vascongadas, los miles de testimonios que recoge y el informe monumental que acabaría torciendo la doctrina de la Iglesia.
La primera parte da un salto de más de ochenta años. En el valle del Salcedón, en noviembre de 1693, una muchacha de dieciséis años avanza por la nieve con una cesta entre los dedos entumecidos. Ángela ha parido una semana antes sobre un montón de paja, ayudada por Ana, la matrona de las prostitutas del pueblo; de aquel parto salieron dos varones, uno de ellos con el cuerpo marcado por malformaciones. No tiene comida, ni leche, ni casa que merezca ese nombre, y la sangre no ha dejado de brotar. Mientras camina, alrededor se teje otra trama: una tabernera que vende información, un hombre bien vestido que nunca desmonta del caballo ni muestra la cara, y dos mercenarios que cobran por cerrar puertas. Lo que ese comprador anónimo paga mejor son siempre las noticias sobre mujeres.
El texto alterna la crónica documentada —nombres de procesados, métodos de tortura, la bula de 1623— con una ficción de tono áspero, sin ahorrar la crudeza del parto, la miseria o el suplicio. De fondo persiste una hipótesis que la propia obra formula en voz alta: si aquellos cultos fueron una invención útil a la fe, o si esas montañas guardaban algo más que belleza.