Un anciano psicoanalista parisino, a pocos meses de jubilarse, cuenta literalmente las conversaciones que le quedan por delante mientras atiende a sus últimos pacientes con desapego e ironía.
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Un anciano psicoanalista parisino, a pocos meses de jubilarse, cuenta literalmente las conversaciones que le quedan por delante mientras atiende a sus últimos pacientes con desapego e ironía. Todo cambia cuando, contra su voluntad, acepta a Agathe Zimmermann, una joven alemana con un pasado de autolesión e internamientos psiquiátricos, cuya fragilidad y sinceridad empiezan a resquebrajar la coraza emocional que él ha construido durante medio siglo de ejercicio profesional.
La novela se construye como un mosaico de viñetas breves narradas en primera persona por un psicoanalista de edad avanzada que mide el tiempo que le queda de carrera en cifras exactas: semanas, sesiones, conversaciones pendientes. Instalado en una rutina que combina el hastío profesional con pequeños rituales domésticos —el té, la música de Bach, el piano del vecino que escucha a través de la pared, la niña que juega a la rayuela bajo su ventana—, el protagonista atraviesa sus días evitando la implicación afectiva tanto con sus pacientes como con quienes lo rodean, incluida su fiel secretaria, Madame Surrugue. Su distancia se ve puesta a prueba cuando esta acepta, en contra de sus instrucciones, a una nueva paciente: Agathe Zimmermann, una joven alemana casada, con antecedentes de crisis maníaco-depresivas, intentos de suicidio y un reciente ingreso psiquiátrico. A través de las sesiones con Agathe —intercaladas con fríos informes clínicos de otro hospital que documentan el deterioro y las medidas de contención a las que allí se la somete— el relato contrapone dos formas de mirar el sufrimiento humano: la burocracia diagnóstica de la institución frente al vínculo, tímido y renuente al principio, que empieza a tejerse en la consulta del propio narrador. Entre metáforas personales de Agathe (un maletín vacío que teme se le caiga y revele su vacío interior, unos prismáticos heredados de su padre ciego), recuerdos de infancia, la muerte de la esposa de otro paciente y la creciente conciencia del propio cuerpo que envejece, el psicoanalista se ve obligado a confrontar aquello que ha mantenido a raya durante toda su vida profesional: la posibilidad de que, incluso al final del camino, todavía quede algo por sentir y por aprender de los demás.