En «Agenda de una maestra», Verónica Arjona González recorre un curso escolar completo desde dentro de un aula de educación infantil de cero a tres años.
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En «Agenda de una maestra», Verónica Arjona González recorre un curso escolar completo desde dentro de un aula de educación infantil de cero a tres años. Con tono cercano y humor cotidiano, la autora relata el primer día de adaptación, las rutinas que sostienen la jornada —asambleas, canciones, comidas, pañales, siestas— y las fiestas que marcan el calendario, del otoño al carnaval. Entre la anécdota y la reflexión, el libro reivindica la escuela infantil como espacio educativo y no como simple lugar de custodia, y pone en primer plano el trabajo, el cansancio y la vocación de quienes acompañan los primeros aprendizajes.
Hay oficios que se cuentan mal desde fuera. «Agenda de una maestra» propone contarlos desde dentro: desde el despertador que suena a las siete de la mañana de un septiembre cualquiera, desde el aula recién decorada donde una maestra duda si dejar los juguetes por el suelo o guardarlos para que las familias vean el orden, desde los primeros llantos que se contagian por el pasillo antes de que llegue el primer niño.
Verónica Arjona González construye su libro como lo que anuncia el título: una agenda, un diario de curso que avanza al ritmo real de una escuela infantil. Los primeros capítulos siguen día a día el proceso de adaptación de un grupo de catorce pequeños de uno a dos años, con sus familias nerviosas, sus mochilas sin nombre, sus botellas sensoriales llenas de garbanzos y esa canción del «Pica pollito» que acaba convertida en himno involuntario de la clase y en banda sonora del trayecto de vuelta a casa. Después llegan las rutinas: la asamblea, los talleres de arte y experimentación, la psicomotricidad, el patio, las comidas, los cambios, las siestas, los boletines. La autora las mide incluso en porcentajes de energía consumida, un recurso tan gráfico como elocuente sobre lo que cuesta sostener una jornada de escuela infantil.
Entre escena y escena se abren pausas de reflexión. Arjona González repasa su propia formación y cómo fue desmontando la imagen preconcebida de la maestra sentada en su silla repartiendo fichas: la lectura de Piaget, el descubrimiento de Montessori, la experiencia de Reggio Emilia, las aportaciones de Pikler, Aucouturier o las instalaciones de Javier Abad. De ahí nace su defensa del aprendizaje vivenciado y significativo, del juego como eje motivador y de la autonomía del niño: pintar para ganar coordinación, aprender a comer con las manos antes que con la cuchara, pisar charcos para entender que la lluvia moja y está fría, y no verla solo dibujada en una nube de papel.
Esa convicción sostiene el argumento más firme del libro: la incomodidad ante la palabra «guardería» y ante la idea social de que este trabajo lo puede hacer cualquiera porque consiste en pintar y jugar. Frente a ello, la autora reivindica el primer ciclo de infantil como etapa educativa de pleno derecho, señala la falta de recursos y de ratios adecuadas, y reclama un reconocimiento profesional que no dependa del color político de turno.
El último tramo se dedica a los días que rompen la rutina y que dan identidad al curso: la fiesta del otoño con palomitas y uvas pisadas, un Halloween donde brilla el ingenio de las familias, el día de los derechos de la infancia, la Navidad con belén colectivo y actuación ensayada, el día de la Paz, un San Blas en el que la directora se disfraza de cigüeña para llevarse los chupetes, el carnaval, la fiesta del pijama o un día de los abuelos inventado para llenar marzo.
Escrito en primera persona, con humor y sin idealizaciones, el libro alterna la risa por lo absurdo —la coleta perdida, la comida en el suelo, las horas sin ir al baño— con la ternura por catorce criaturas que aprenden a estar en el mundo. Es, a la vez, un testimonio profesional, una crónica afectuosa de la vida escolar y una invitación a mirar de otra manera lo que ocurre cada mañana en un aula de infantil.
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