Un pistolero perseguido por un crimen que no cometió regresa a su tierra para descubrir que la ley le ha devuelto el nombre, pero solo si acepta seguir fingiendo que lo ha perdido.
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Un pistolero perseguido por un crimen que no cometió regresa a su tierra para descubrir que la ley le ha devuelto el nombre, pero solo si acepta seguir fingiendo que lo ha perdido. Novela del Oeste sobre la fama como condena y la identidad como herramienta de trabajo.
Fred Taylor entra en Tucson una hora antes de la medianoche porque el hambre pesa más que la prudencia. Su cara está impresa en carteles de recompensa, y la fama de buen pistolero —esa que nunca buscó y que crece cada vez que alguien intenta cobrarla— le obliga a elegir mesas desde las que se domine la puerta y habitaciones con ventana a la calle. En el comedor del hotel, un antiguo compañero del cuerpo de federales se le acerca sonriendo, no para detenerlo, sino para darle una noticia que lo desarma más que cualquier revólver: su padre, el inspector jefe que ordenó su arresto, ha muerto.
El viaje hacia Phoenix desanda la historia de cómo llegó hasta aquí. Un traslado de preso, tres agentes, una noche a campo abierto y un golpe defensivo que salió mal: en cuestión de minutos, un compañero muerto por accidente, otro asesinado por la espalda, y un bandido desfigurado que comprende de inmediato que la única versión creíble de los hechos será la suya. Fred no huyó por cobardía sino por obedecer a su madre, y esa obediencia —anotada sin adjetivos en su hoja de servicios— es lo único que la ordenanza no perdona.
En casa lo esperan una madre que llora, una hermana que prepara su boda y un futuro cuñado que ha heredado el puesto del padre. De él recibe dos revelaciones simultáneas: la verdad se supo antes de que el viejo inspector muriera, y la rehabilitación tiene precio. Fred seguirá siendo, a ojos de todos, un fuera de la ley, sin documento alguno que lo respalde, con la misión de infiltrarse en la banda de Max Jones —un hombre al que nadie conoce, que ha pasado del robo al asesinato y que ya ha cobrado la vida de dos agentes— y desmantelarla desde dentro.
De vuelta en Tucson, la reputación que tanto le pesaba se convierte en credencial. Un saloon llamado «Los sin Ley», un matón que exige su tributo de whisky, un enterrador que cobra comisión por cada cliente nuevo y un forajido al que Fred perdonó una vez el robo de un caballo le abren la única puerta posible hacia la banda. La pregunta que el propio Fred se formula al cruzar esa puerta —qué diferencia hay entre aparentar ser un forajido y serlo— es la que la novela deja abierta mientras avanza.
Escrita con diálogo seco y economía de medios, la obra pertenece a la tradición popular del western: escenas breves, tensión resuelta en el gesto de una mano hacia la funda, y un código de honor que atraviesa por igual a agentes y bandidos. Su interés no está en la persecución sino en la trampa moral que la sostiene: un hombre al que se le devuelve la honra a condición de no poder demostrarla.
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