Daphne Wilder, una joven de Toronto que sueña con abrirse camino como decoradora de interiores, acepta mudarse a Montreal para acompañar durante un año a su madrina viuda, Margaret Sylvain, en una casona de piedra oculta entre los bosques…
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Daphne Wilder, una joven de Toronto que sueña con abrirse camino como decoradora de interiores, acepta mudarse a Montreal para acompañar durante un año a su madrina viuda, Margaret Sylvain, en una casona de piedra oculta entre los bosques del Mount Royal. El acuerdo parece perfecto: alojamiento sin costo a cambio de compañía y un toque de queda casi de cuento. Pero la calma se resquebraja desde la primera noche. La acompañante anterior murió arrollada por un tren del metro en circunstancias nunca aclaradas, Margaret pasea a medianoche por el jardín con una rigidez de sonámbula y un simple ramo de rosas rojas basta para llenar sus ojos de terror. Bajo el follaje otoñal, la «casa de la serenidad» esconde miedos que nadie se atreve a nombrar.
Tras casar a su hermana gemela y despedirse de Toronto en una misma semana, Daphne Wilder llega al número 6479 de Forest Road, la última casa de una calle que trepa por la ladera del Mount Royal, en Montreal. Allí la espera Margaret Sylvain, la madrina generosa que endulzó sus cumpleaños de infancia con regalos espléndidos y que, viuda reciente y con el corazón delicado, no soporta vivir sola en la casona de piedra que levantó junto a su marido. El trato es sencillo: Daphne ocupará las habitaciones del piso superior sin pagar alquiler, hará compañía a su anfitriona y, entre tanto, ahorrará para lanzar su propia firma de decoración mientras asiste a la Escuela de Diseño.
La casa, cubierta de hiedra y rodeada de faroles de hierro y senderos de cuento, parece merecer el nombre que Daphne le da enseguida: «la casa de la serenidad». Sin embargo, la serenidad dura apenas unas horas. La primera noche, un rumor de pasos sobre la grava la lleva a la ventana: abajo, en bata y zapatillas, Margaret recorre el jardín con una lentitud majestuosa y extraña, como hipnotizada, y se detiene largo rato a contemplar algo junto a los cimientos de la casa. Al día siguiente, un ramo de rosas rojas —el obsequio de bienvenida del doctor Charles Blakely, el encantador psicoterapeuta que corteja a Daphne— provoca en la anfitriona un espanto tan súbito como inexplicable.
A estas señales se suma un antecedente inquietante: Helen Colpin, la mujer que ocupó el mismo puesto de acompañante pocos meses atrás, murió destrozada bajo un tren del metro en la estación Berri, en un accidente que nadie vio del todo y que admite más de una lectura. ¿Perdió el equilibrio, se desmayó o alguien la empujó? Cada vez que su nombre aparece en la conversación, la mirada de Margaret se endurece con una mezcla de dolor y de miedo, como si guardara un secreto que no se atreve a confiar.
Mientras conoce al pequeño mundo que orbita la casa —Kathy, la cocinera risueña; Anna, la lavandera marcada por una cicatriz y un pasado truncado; Jean-Louis, el jardinero—, Daphne oscila entre su sentido práctico y una imaginación alimentada por cuentos de hadas y casas encantadas. La cita de Macbeth que abre la obra, con su promesa de hacer de la venganza un remedio, anticipa que los temores de Margaret no son fantasías de viuda nerviosa: sobre la apacible casona del bosque se cierne una amenaza deliberada, y la nueva inquilina tendrá que descubrir su origen antes de que la historia de Helen Colpin se repita. Novela de suspense gótico contemporáneo, la obra combina el encanto de la vieja mansión entre árboles, el pulso vital del Montreal de la época y una intriga psicológica que avanza a base de pequeños detalles fuera de lugar.