Un testimonio en primera persona sobre la infancia marcada por el maltrato y el abuso dentro del propio hogar, y el largo camino —terapia, silencio roto, reencuentro con la madre— hacia la reparación y una vida adulta vivida en libertad.
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Un testimonio en primera persona sobre la infancia marcada por el maltrato y el abuso dentro del propio hogar, y el largo camino —terapia, silencio roto, reencuentro con la madre— hacia la reparación y una vida adulta vivida en libertad.
El libro se abre con dos prólogos que ya anuncian su tono: el de un lector que confiesa haber tardado meses en terminarlo por la dureza de lo que cuenta, y el de la propia narradora, que advierte que hablar de lo vivido no busca el morbo del detalle sino la posibilidad de curar. A partir de ahí, la obra alterna dos tiempos. Uno es el presente de una mujer adulta que camina por las calles de Santiago, de vuelta de la consulta de su terapeuta hacia el departamento de su madre, decidida por fin a nombrar en voz alta lo que ocurrió en su infancia. Ese trayecto —narrado en tiempo casi real, con el cuerpo temblando, el teléfono sonando con la voz de su propia hija desde el extranjero, los recuerdos de infancia irrumpiendo entre semáforos y vitrinas— sirve de columna vertebral emocional para el relato. El otro tiempo es el pasado: la reconstrucción, capítulo a capítulo, de una casa donde el miedo se instaló como rutina, donde un padre imprevisible pasaba de la ternura al golpe sin aviso, y donde una niña aprendió a vivir en alerta permanente, cargando además con la culpa de sentirse causante de las tensiones familiares. La autora no busca la conmiseración ni la épica del héroe: relata con precisión la manera en que un cuerpo infantil guarda memoria, cómo el silencio se hereda entre generaciones de mujeres de una misma familia, y cómo la conversación con su madre —tan temida como necesaria— se convierte en el umbral hacia una verdad compartida, dolorosa pero no destructiva. Sin sensacionalismo y con una prosa cuidada, el libro se sostiene sobre una convicción central: que del terror es posible recuperarse, que la vida adulta puede construirse con oficio, maternidad, amistad y alegría, y que nombrar el pasado no es una condena sino un acto de libertad.
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