Novela de Keto von Waberer, traducida del alemán por Marina Widmer Caminal, que sigue el rastro de cuatro generaciones de una misma familia contado desde sus mujeres: la tía Paula, Marie, Bettina y la niña Anna.
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Novela de Keto von Waberer, traducida del alemán por Marina Widmer Caminal, que sigue el rastro de cuatro generaciones de una misma familia contado desde sus mujeres: la tía Paula, Marie, Bettina y la niña Anna. A partir de la muerte de la madre y de un sueño en una isla frente al Stromboli, el relato retrocede hasta la Alemania de entreguerras para reconstruir cómo se hereda un modo de sobrevivir, de mirarse al espejo y de sostenerse entre ellas cuando los hombres se apartan del camino.
Todo empieza con una ausencia. En la primavera posterior a la muerte de Marie, Bettina se ha instalado sola en una casona encalada de una isla del sur, apartada del pueblo, con sus tres cisternas y su tapia gruesa, desde donde se ve el mar por cada puerta y cada ventana y, al fondo, la columna de humo del volcán que cada mañana deja una película de ceniza sobre las baldosas de la cocina. Allí llora por fin a su madre y allí sueña: la habitación se llena de figuras susurrantes —los hombres pegados a las paredes, las mujeres como nidos de sombra, una anciana enlutada en la única silla, su propia hija recién nacida en brazos de una desconocida— hasta que un ángel emplumado ocupa el vano de la puerta y un remolino silencioso levanta la fruta de la mesa. Ese sueño funciona como un censo familiar: quién está, quién falta, quién nunca llegó a mirarla.
De ahí arranca el viaje hacia atrás. La primera estación es Marie, adolescente en un piso medio vacío de la Alemania de entreguerras, criada por su tía Paula después de que el tío Leonhard —arqueólogo, mutilado en Amiens el día en que ella cumplía diez años— se marchara con otra mujer, una que sí entendía su trabajo. Lo que queda de él es una estantería que Paula va vaciando con rabia, vendiendo los libros a peso para que «ésa» no vea nada, y una niña de catorce años que aprende a leer poemas, a inventarse conjuros, a mirar el patio a través de un círculo hecho con los dedos y a manejar los silencios de los adultos mejor que ellos mismos.
Paula, en cambio, resuelve la vida por la vía de la belleza y la improvisación: el gramófono, el monedero de perlas repentinamente lleno, el suizo tímido y algo siniestro que trae chocolatinas en cajas doradas y promete un invierno en Davos, la modista Mia que le toma medidas y le recuerda las facturas pendientes. Alrededor de esa pareja desigual —una mujer que se niega a envejecer y una niña a la que se le atribuyen clases de piano que nunca ha tomado— se dibuja el pacto que sostendrá la novela entera: un vínculo hecho de instinto, complicidad y mentiras compartidas, lo bastante resistente como para no agotarse en una sola vida.
Ese pacto se transmite. Marie llegará a un matrimonio con Guido, un hombre que impone el orden de las formas sin asomarse nunca a la vida interior de su mujer ni de su hija; Bettina tendrá sus propios amores, y de uno de ellos nacerá Anna. Los hombres entran y salen del relato como figuras de paso —el que se va, el que calla, el que duerme en un rincón del sueño—, y la novela no los juzga tanto como los descarta: el calor que las cuatro necesitan no viene de ellos, sino de la cadena que forman entre sí.
Escrita con una prosa sensorial y elíptica, atenta a los objetos —un vestido amarillo que huele a reseda, una condecoración en su cajita negra, unos melocotones inmóviles bajo la luna—, la novela avanza por escenas breves y saltos de tiempo, más cerca de la memoria que de la cronología. El título procede de un verso de Pablo Neruda, «Melancolía en las familias», y anticipa bien su temperatura: aquí la batalla es doméstica, se libra en cocinas, dormitorios y comedores, y sus armas son la lealtad, la ironía y una obstinada capacidad de seguir empujando la vida hacia delante.
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