Una mujer divorciada de la alta sociedad mexicana se inscribe en un curso de apreciación artística y termina enamorándose del profesor que lo imparte, un hombre pobre, brillante y desconcertante.
Descargar
Una mujer divorciada de la alta sociedad mexicana se inscribe en un curso de apreciación artística y termina enamorándose del profesor que lo imparte, un hombre pobre, brillante y desconcertante. Entre cartas desbordadas, poemas, mitologías inventadas y encuentros que atraviesan la distancia entre el Pedregal y Peralvillo, la novela narra un romance donde la seducción ocurre primero en el lenguaje y sólo después en el cuerpo.
Águeda Márquez Betancourt tiene poco más de treinta años, un hijo, una casa suntuosa en el Pedregal y un divorcio resuelto sin sobresaltos económicos ni sociales. Su vida transcurre entre la cotidianidad de una familia intensamente matriarcal —la abuela, la madre, seis hermanas— y una búsqueda que no es refugio sino gozo: el arte, la filosofía, la historia y, últimamente, la música. En ese último tramo aparece Roberto Ruiz, un profesor de aspecto modesto y verbo desmesurado que en clase salta de Borodin a Beethoven, de Chaikovski a Schopenhauer, de la hermenéutica a la física cuántica, y que convierte cada sesión en una provocación al intelecto de quien lo escucha.
Lo que empieza como fascinación por unas ideas se vuelve pronto una incertidumbre más incómoda: Águeda no sabe si la conmueve el arte o el hombre que lo nombra. La novela sigue ese desplazamiento paso a paso. Un número de teléfono anotado en el pizarrón, una llamada torpe llena de tratamientos de usted, un café donde él le lee una cosmogonía inventada de ángeles caídos convertidos en peces dorados y delfines de plata —cuyos nombres cifrados resultan ser los de ellos mismos—, una carta enviada desde Alemania con la sintaxis del delirio, una función de cine donde tomarse la mano basta para desarmarla. El cortejo es, sobre todo, un intercambio de textos: poemas sobre horas que nacen preñadas y mueren al dar a luz, letanías sobre el grito como origen del arte, dedicatorias posmodernas que incluyen resultados de laboratorio dentro de un libro de Lao Tse.
Después de meses de cafés, el encuentro físico llega organizado como un rito: velas, pétalos, vino francés, una octava sinfonía y una pregunta que pide permiso para entrar en la esencia antes que en el cuerpo. También llega, con humor, la caída del decorado: la ropa interior inesperada, la risa que casi arruina la solemnidad. La prueba verdadera es otra. Cuando Roberto la lleva a Peralvillo, a dos cuartos de ladrillo y techo de lámina donde vive con su madre y sus hermanos, Águeda —que se casó en un castillo francés— se enfrenta al foco pelado, las moscas, la letrina de cartones y la mirada hostil de una cuñada. Y descubre, en un rincón impecable con un piano, libros ordenados y dos carteles —Klimt y Van Gogh—, la explicación de todo: un nocturno de Chopin tocado ahí adentro le revela por qué ama a ese hombre oscuro, de facciones burdas y jerarquía espiritual desmesurada.
El relato avanza en primera persona, con desvíos que son parte esencial de su encanto: los gatos África y Omar, el perro Peluche, las conversaciones domésticas que interrumpen la meditación, el baño convertido en gabinete de pensamiento donde Águeda reflexiona sobre la dispersión del cuerpo, la responsabilidad de crear y la obligación de soñar despierta. Voz culta y voz coloquial conviven sin pedirse permiso; el lirismo más encendido comparte página con la ironía sobre lo ridículos que vuelve el amor a los amantes que se llaman príncipe y princesa.
Más que una historia de clases sociales, ésta es una novela sobre la experiencia estética como forma de erotismo, sobre la palabra capaz de fundar un mundo entre dos personas y sobre lo que cuesta atravesar la materia —el dinero, el olor, la vergüenza, la costumbre— para llegar a un encuentro real. Al final, la pregunta que la narradora no resuelve es también la del lector: quién sueña a quién.