Reunión en papel del cancionero de Moris: un volumen que recoge letras compuestas a lo largo de cinco años —temas ya interpretados en recitales, poemas inéditos y material aún por grabar— y las presenta como texto autónomo, sin voz ni…
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Reunión en papel del cancionero de Moris: un volumen que recoge letras compuestas a lo largo de cinco años —temas ya interpretados en recitales, poemas inéditos y material aún por grabar— y las presenta como texto autónomo, sin voz ni guitarra. El resultado es un retrato en primera persona de la ciudad y sus alrededores: fábricas, rutas, bares, riachos contaminados y noches sin sueño, atravesados por una mezcla constante de rabia social, humor amargo y celebración de la libertad.
Ahora mismo nace, según confiesa su propio autor en el prólogo, de un desorden de papeles y poemas acumulados durante cinco años. Moris advierte allí una tensión que recorre todo el libro: una canción es algo vivo que se completa al ser interpretada, y fijar solo la letra implica exponerse a ser juzgado a medias. Aceptado ese riesgo, el volumen ofrece las palabras solas, dispuestas con cortes, guiones y repeticiones que intentan conservar el pulso de la música ausente.
El material se organiza menos por cronología que por obsesiones. Una franja importante mira al trabajo y a la máquina: hombres y mujeres parados frente a líneas de producción, apretando un botón cada tanto, asistiendo con las manos inquietas a su propia mecanización; muchachos de taller y oficina que toman el café de la obra social mientras el jefe los llama. El tono no es panfletario ni resignado: el narrador se niega tanto a proponer soluciones prefabricadas como a quemar las fábricas donde él mismo trabaja.
Otra franja es la ciudad como organismo enfermo. Aparecen las villas que emergen del tejido urbano, los subterráneos que escupen transeúntes, el humo, el ruido, el río volcándose hacia el mar entre aceite estancado, los funcionarios en carrozas blancas y los jubilados ocupando los bancos de las plazas. La denuncia se vuelve directa cuando el libro apunta a los fabricantes de armas químicas, a los ensayos nucleares en el Pacífico o al patrullero estacionado frente a una concentración obrera; una nota al pie fecha uno de esos textos después de una huelga general, y otro se remonta a 1966 para hablarle a un soldado.
Pero el libro también insiste en el reverso íntimo de esa crítica. Hay largas confesiones sobre el aburrimiento, la soledad de las tres de la mañana, la sospecha de que ningún consumo, ninguna fama y ningún viaje sirven si se usan para escapar de uno mismo. Hay páginas que desarman los mandatos de la masculinidad y el miedo del hombre a lo que lleva dentro. Y hay un contrapeso luminoso: la ruta desierta bajo la lluvia, el viaje sin retorno hacia el norte, el bar de antes donde se mira pasar el mundo, el oso que vuelve a pisar el suelo de su bosque, el sol que sigue brillando más allá de la ciudad y la convicción, repetida como estribillo, de que uno no le debe nada a nadie.
Entre el sarcasmo —contra los burgueses que se creen hippies, contra los artistas que cultivan su aire ausente, contra quienes prefieren no pensar— y la ternura por los amigos, los mendigos y los muchachos de las esquinas, Ahora mismo funciona como el cuaderno de ruta de una generación urbana que reclama dignidad sin creer del todo en las banderas que le ofrecen. Es, a la vez, documento de época y libro de poemas: el momento en que, como dice el prólogo, le toca al libro cantar sus propias canciones.