Una narradora viaja a otra ciudad para acompañar a una vieja amiga en tratamiento contra el cáncer y, por casualidad, acaba en la conferencia de un escritor célebre —su antigua pareja— que anuncia sin consuelo el final de la civilización.
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Una narradora viaja a otra ciudad para acompañar a una vieja amiga en tratamiento contra el cáncer y, por casualidad, acaba en la conferencia de un escritor célebre —su antigua pareja— que anuncia sin consuelo el final de la civilización. Entre una habitación alquilada, los bares de una ciudad ajena y las conversaciones que oye sin querer, el libro avanza como un cuaderno de escucha: fragmentos, digresiones y voces que rodean una sola pregunta, la de cómo estar junto a alguien que sufre.
Septiembre de 2017. La narradora ha viajado a una ciudad que no es la suya para visitar a una amiga de toda la vida, ingresada en un hospital especializado en su tipo de cáncer. Se aloja en el piso de una bibliotecaria jubilada y viuda, cuya casa acogedora le resulta sofocante, y allí, en un tablón con actividades para huéspedes, encuentra el anuncio de una conferencia. El ponente es un ensayista prestigioso que esa noche expone, con una serenidad casi actoral, que ya no hay nada que hacer: el clima, las armas, las pandemias, la vigilancia tecnológica, la política del engaño. No admite preguntas. Al cerrar, propone lo único que le parece posible: pedir perdón, cuidarnos unos a otros y aprender a decir adiós.
De esa velada arranca un relato construido por acumulación. La narradora no ordena los hechos: los registra. Una copa de vino a solas en un café; la conversación de un padre y una hija que discuten, en la mesa contigua, quién cuidó a quién durante la enfermedad de la madre; la anfitriona que llora frente a la ventana y minutos después canta entera una canción cursi; la trama de una novela policíaca de bolsillo leída a medias, con su asesino que aspira a «tener más cultura»; el mensaje que el conferenciante —un antiguo amante— escribe desde el aeropuerto. Cada pieza es un modo distinto de responder, o de no responder, a la pregunta que abre el libro: qué es esto que estás pasando.
El tono es seco, irónico, atento al ridículo propio tanto como al ajeno, y aun así la burla nunca desplaza a la ternura. La enfermedad, la vejez, el envejecimiento de quienes hemos querido, el pudor de decir en voz alta «necesito una copa»: la novela mide la distancia entre el discurso apocalíptico que se pronuncia desde un atril y el trabajo mucho menos vistoso de sentarse al lado de alguien. Cuando el tratamiento funciona y la supervivencia llega, contra todo pronóstico, con sabor a anticlímax, el libro ya ha dejado clara su apuesta: frente al fin del mundo enunciado en abstracto, la atención concreta a una sola persona.
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