Una mansión señorial convertida en casa de juego clandestina a orillas del Hudson es el escenario de esta novela negra de atmósfera densa y diálogo seco.
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Una mansión señorial convertida en casa de juego clandestina a orillas del Hudson es el escenario de esta novela negra de atmósfera densa y diálogo seco. La noche empieza con la apariencia de una reunión elegante —chimenea encendida, camareros de chaqueta blanca, murmullo entre paredes tapizadas— y termina con un cadáver en el vestíbulo y un cuchillo que nadie reclama. Entre los presentes hay un joven héroe de guerra venido a menos, la mujer que intenta arrancarlo del alcohol y de la mesa de dados, un encargado nervioso y un teniente de policía a quien acaban de negar el ascenso y que ve en este crimen su oportunidad de reivindicarse.
Todo podría pasar por una velada distinguida. El salón es amplio, la luz suave, la conversación apenas un rumor, y solo el repiqueteo de la bola de marfil y la voz monótona del croupier delatan lo que en realidad ocurre en esa antigua mansión junto al río: un garito exclusivo al que se entra con llave y por invitación. En la mesa de dados, un joven llamado Kendall Paine bebe coñac tras coñac, pierde jugada tras jugada y pide prestados veinte dólares a la muchacha que lo acompaña, la única persona de la sala que no mira el paño verde. Ella quiere marcharse; él insiste en una última tirada. Cuando vuelve con fichas nuevas, otro hombre —corpulento, colorado, también bebido— ocupa su sitio. La discusión escala en segundos: un puñetazo, una caída, un cenicero que da en la sien del rival y una amenaza dicha en voz alta delante de testigos antes de que echen al joven a la calle.
Media hora más tarde, una recién llegada grita en el vestíbulo. El hombre corpulento está muerto, con el corazón partido por un cuchillo. La segunda mitad de la noche pertenece al teniente Mark Deglin, un detective de mano dura que se sabe el mejor del cuerpo y no ha digerido que el ascenso a capitán —provisional, subraya con desprecio— haya recaído en otro. El caso ocurre en su distrito, y eso lo convierte en un asunto personal: catorce testigos alineados junto a una pared, dos croupiers, tres camareros, un encargado impecablemente vestido que se encoge de hombros hasta que el interrogatorio lo obliga a hablar, y un forense que reconstruye, casi de mala gana, el orden exacto de la violencia: el golpe primero, la puñalada después, y alguien que se tomó la molestia de limpiar la sangre en el lavabo.
Mientras Deglin sale a cazar a su sospechoso bajo la lluvia, acompañado a medias por un cronista de sucesos que negocia cada línea de la exclusiva, la novela abre su otro frente. En una habitación desordenada del bajo Manhattan, el joven al que todos señalan cura su ojo hinchado y descarga su rabia contra la única persona que aún esperaba algo de él. La escena no es un interrogatorio ni una persecución, sino el retrato de un talento desperdiciado: un condecorado que iba a escribir un libro y solo escribe deudas.
El relato avanza así, alternando el procedimiento policial —listas de nombres, cuadernillos requisados, llamadas a comisaría, titulares que se escriben antes de que haya culpable— con el retrato íntimo de una pareja que se rompe la misma noche del crimen. Nueva York aparece como un tablero mojado de neones, andenes de metro y bares abiertos hasta el amanecer, y la pregunta que sostiene la tensión no es solo quién clavó el cuchillo, sino cuánto necesita el detective que la respuesta sea la que ya ha decidido.
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