Julio de 1961, en una aldea de setenta y dos habitantes cerca de Clermont. Albert Chassaing, obrero de la Michelin y campesino de origen, despierta con una idea que lleva años alojada en él como una bala junto al corazón: la de acabar.
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Julio de 1961, en una aldea de setenta y dos habitantes cerca de Clermont. Albert Chassaing, obrero de la Michelin y campesino de origen, despierta con una idea que lleva años alojada en él como una bala junto al corazón: la de acabar. Antes de irse quiere resolver un último asunto —qué será de Gilles, su hijo menor, un lector voraz que nadie en casa sabe acompañar—, y ese cuidado, minucioso y silencioso, se convierte en el verdadero pulso de la novela.
Un amanecer sofocante de julio de 1961 abre esta novela con un hombre desvelado frente a un ventilador de plástico azul. Albert Chassaing tiene cincuenta y dos años, trabaja de noche en la Michelin manipulando la goma fundida que apesta y ahoga, y al salir de la fábrica vuelve a ser lo que nunca dejó de ser: un campesino que cultiva su patatal, cura sus jamones, corta leña por si estalla otra guerra y repara despertadores en un cobertizo, fascinado por la única máquina que, aun rota, acierta dos veces al día.
Junto a él duerme Suzanne, con quien lleva veintidós años casado y a quien ya casi no toca. Al otro lado del tabique, su madre se hunde en un olvido que va borrando incluso a los hijos que parió. En Argelia está Henri, el primogénito con quien Albert nunca encontró el camino: volvió del cautiverio alemán cuando el niño tenía casi cinco años, lo levantó del suelo y el niño gritó. Y en el cuarto de arriba está Gilles, que lee a Balzac con el estómago vacío y se va de Assys hacia las calles de Saumur sin darse cuenta de que su padre, abajo, está serrando en pleno julio el cerezo que plantó el abuelo.
La historia arranca de dos palabras que una maestra deja caer sin medir su peso —Poesía e Imaginación— y que se expanden en Albert como un veneno. Él, que jamás las empleó ni en el campo ni en la fábrica ni en su casa, comprende de golpe que su hijo se marcha hacia un territorio que él no sabe habitar, y que a un padre obrero no se le puede suceder. De ahí nace una idea modesta y desesperada: buscar a alguien que sostenga al chico como se sostiene a un ciclista principiante hasta que rueda solo. Ese alguien podría ser el señor Antoine, un maestro jubilado recién llegado al pueblo que lee mucho, herboriza orugas y, como Albert, se contenta con poco.
Alrededor de esa vacilación —¿es razonable confiar un hijo a un desconocido?— se despliega un retrato coral y exacto de un mundo en bisagra. Suzanne, huérfana criada por monjas, nadadora, devota de la misa y de la modernidad, enluce paredes, sueña con un piso luminoso en la ciudad y rejuvenece de forma casi escandalosa desde que su hijo mayor partió al frente: se cose vestidos copiados de las fotonovelas, se afina las cejas, se retrata y envía las fotos a Argelia. Ha cambiado el comedor escandinavo por un televisor a treinta mensualidades, porque la ORTF filmará al regimiento de Henri y ella necesita verlo vivo. La antena en el tejado se convierte en la nueva rama donde los pájaros se posan sin cantar. Enfrente vigila la tía Morvandieux, última superviviente de las viudas del 14, esas madres intocables que escribieron ellas mismas las reglas del duelo.
Es una novela sobre la clase obrera y la herencia imposible, sobre lo que un padre puede transmitir cuando cree no tener nada; sobre la guerra que nadie cuenta y que sigue trabajando por dentro; sobre la abundancia sospechosa de un huerto que da de más y de un cerezo que se carga de fruta justo antes de morir. Escrita con una atención minuciosa a los gestos —el trapo bajo el pan para no rayar la formica, la combinación blanca cuyo tejido Albert no sabe nombrar—, avanza con la calma tensa de un día de calor y con la certeza de que algo, en ese día, va a decidirse.
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