Londres, 1928. Tres mujeres muy distintas se embarcan rumbo a Bombay: una joven que finge credenciales para costearse el pasaje y recuperar el baúl que sus padres dejaron en la India, una muchacha a quien su madre desea casar lejos de…
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Londres, 1928. Tres mujeres muy distintas se embarcan rumbo a Bombay: una joven que finge credenciales para costearse el pasaje y recuperar el baúl que sus padres dejaron en la India, una muchacha a quien su madre desea casar lejos de casa, y una novia de diecinueve años que dejará atrás todo lo que ama para llegar al altar. Una novela sobre la partida como huida y como promesa.
Todo empieza con un anuncio de tres chelines con seis en las páginas de una revista femenina: una mujer de veintiocho años, responsable, con mano para los niños y buen conocimiento de la India, se ofrece como acompañante en la travesía de Tilbury a Bombay. Casi nada de eso es cierto. Viva Holloway tiene veinticinco años, conoce la India solo a través de tres escalas infantiles y un helado en la playa, y ha aprendido, casi por accidente, lo asombrosamente fácil que resulta mentirle a quien está deseando oír una respuesta tranquilizadora. Lo que sí es verdad es la razón que la empuja: en un cobertizo de Simla se deshace, bajo las lluvias, un baúl con la ropa y los efectos personales de sus padres, y las llaves de ese baúl están en manos de William, su albacea y custodio, un hombre puntilloso y frío con quien la relación se ha vuelto turbia e imposible de nombrar.
Sus primeras clientas aparecen entre un mar de paquetes en el salón de té de unos grandes almacenes londinenses. Victoria Sowerby —Tor para las amigas— es una muchacha de ojos color aciano a la que su madre mide constantemente por lo que no es: menos delgada, menos francesa, menos risueña que la amiga perfecta. Detrás de la pantomima de la contratación y de las listas de jodhpurs, quinina y taburetes plegables late un acuerdo tácito: la travesía es también un modo de sacar a Tor de casa después del peor año de su vida. Ella lo sabe y lo acepta con un entusiasmo casi feroz, porque zarpar significa no volver. La tercera es Rose Wetherby, diecinueve años, que cruzará medio mundo para casarse en la catedral de Santo Tomás con un capitán de caballería al que apenas conoce, y que la última noche en Hampshire llora sobre el cuello de su poni por todo lo que está a punto de perder: un padre enfermo del corazón que difícilmente asistirá a su boda, un hermano muerto en Francia diez días antes de cumplir veintiún años, una casa donde cada crujido de gravilla se ha vuelto de pronto insoportablemente valioso.
A su alrededor se despliega el mecanismo social que envía muchachas inglesas al subcontinente: los ajuares comprados en tiendas de luz aterciopelada, las cartas de una anfitriona de Bombay que promete gincanas, bailes y jóvenes en corrillo, el apodo cruel con que se nombra a las que regresan sin marido. También la ignorancia deliberada en que se las mantiene sobre sus propios cuerpos, y un pasajero más de última hora: un colegial de dieciséis años expulsado de su internado, al que sus padres reclaman desde Assam sin que nadie explique por qué no pueden ir a buscarlo ellos mismos.
Al este del sol observa ese instante suspendido entre dos vidas —la maleta hecha, el pasaje reservado, el barco aún en el muelle— y lo llena de deseos incompatibles: escapar y ser querida, obedecer y rebelarse, recordar y olvidar. Con ojo atento a la comedia de las convenciones y a la ternura que asoma bajo ellas, Julia Gregson construye un retrato de mujeres jóvenes que apuestan su porvenir a un viaje del que ninguna volverá siendo la misma.