En un castillo escocés del siglo XIV trasplantado piedra a piedra a la soledad de Montana, un agente antiterrorista con poderes mentales recibe una orden que no piensa cumplir: seducir a la científica que guarda en su memoria un secreto…
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En un castillo escocés del siglo XIV trasplantado piedra a piedra a la soledad de Montana, un agente antiterrorista con poderes mentales recibe una orden que no piensa cumplir: seducir a la científica que guarda en su memoria un secreto capaz de salvar millones de vidas. El problema no es el deber, sino la maldición de quinientos años que condena a muerte a cualquier mujer que ame de verdad.
Gabriel Edge lleva toda la vida aprendiendo a no desear nada. Agente de una organización antiterrorista secreta y miembro de su rama más discutida —la que reúne a quienes leen mentes, se desvanecen en el aire y mueven objetos con la voluntad—, ha convertido el trabajo en refugio y la soledad en método. Vive entre tapices centenarios y corredores donde silba el viento, en la casa solariega que de niño trasladó desde las Tierras Altas hasta un rincón perdido de Montana, con la esperanza infantil de que así su padre volviera a casa. No volvió. Sobre su apellido pesa el conjuro de una mujer despreciada hace cinco siglos: ningún hijo de esa sangre conocerá la dicha del amor, y la compañera que elija su corazón morirá de un dolor que la partirá en dos. Gabriel y sus dos hermanos han hecho su pacto: relaciones sin raíces, ninguna promesa, ningún riesgo.
El pacto se tambalea cuando la misión llega en forma de mujer. La doctora Edén Cahill custodia, sin saberlo del todo, la información sobre un dispositivo cuyo mal uso costaría vidas incontables; el colega que trabajaba a su lado ha aparecido muerto en el suelo del laboratorio, y ella misma vive rodeada de guardaespaldas que no bastan. Extraer ese conocimiento debería ser sencillo para alguien capaz de entrar en una mente ajena sin dejar huella, pero la de Edén está cerrada como una puerta de piedra. El único resquicio conocido —el instante de abandono absoluto del placer— es exactamente el que Gabriel se ha jurado no cruzar. Su superior y amigo, que considera la maldición una superstición ridícula, se lo repite entre estocadas de esgrima al amanecer: es un medio para un fin. Gabriel responde siempre lo mismo, y siempre miente un poco al decirlo.
La novela arranca con dos escenas que se responden como espejos: un duelo de espadas en el que se discute el alma de un hombre, y una habitación a oscuras en Arizona donde una mujer desnuda apunta con un revólver a una voz que no debería estar allí. Edén no es víctima ni ingenua: dispara, razona, mide la distancia hasta la puerta, cataloga sus propias reacciones con la frialdad de quien ha hecho de la ciencia una manera de sobrevivir al miedo. Que el arma no funcione, que la sábana se deslice sola, que su cuerpo responda a alguien invisible, la desconcierta más por incomprensible que por peligroso. Él pretende que todo es un sueño. Ella pretende creerlo mientras busca la salida.
Lo que se abre desde ahí es una historia de atracción imposible y amenaza real, donde la magia antigua y la tecnología militar comparten el mismo expediente, y donde el secuestro puede ser una forma torpe de protección. Gabriel deberá decidir si el modo de romper una maldición es evitar el amor o entregarlo por completo; Edén, si el intruso que la aterra es también lo único que se interpone entre ella y quien mató a su colega. La profecía deja una grieta: solo cuando el corazón sea entregado por voluntad propia, y solo si tres trabajan como si fueran uno, el castigo terminará.
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