El cráter de Batagaika se ensancha cada verano y devuelve lo que el hielo guardó durante milenios. Hasta allí viaja Cliff Miyashiro, arqueólogo y genetista evolutivo, para terminar el trabajo que su hija Clara dejó interrumpido al morir:…
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El cráter de Batagaika se ensancha cada verano y devuelve lo que el hielo guardó durante milenios. Hasta allí viaja Cliff Miyashiro, arqueólogo y genetista evolutivo, para terminar el trabajo que su hija Clara dejó interrumpido al morir: el cuerpo momificado de una niña de hace treinta mil años. Lo que encuentra en la fosa no es solo un hallazgo científico, sino la vida que su hija eligió lejos de casa.
Siberia se está descosiendo. El permafrost cede bajo su propio peso, el agua del deshielo abre arroyos donde antes había suelo firme y el cráter de Batagaika, que los lugareños llaman la entrada al infierno, se traga cada año un poco más de bosque mientras expone rinocerontes lanudos, colmillos de mamut y una caverna que llevaba milenios sellada. En ese paisaje que mezcla lo nuevo con lo antiguo trabaja un puesto de investigación internacional: una docena de científicos apiñados en cúpulas geodésicas, con literas en forma de panal, cine de sobremesa, vodka de iniciación y presupuesto para poco más que una lona de plástico y cinta americana a modo de burbuja estéril.
Cliff Miyashiro llega en helicóptero un mes después del funeral de su hija. Clara, bióloga, se despeñó por una grieta y murió justo después de descubrir los restos momificados de una preadolescente de hace treinta mil años, a la que el equipo ha bautizado como Annie: pelo pelirrojo en las sienes, un tatuaje de tres puntos en el antebrazo, una prenda cosida con conchas mediterráneas imposibles en esa latitud y una boca abierta en un grito que el tiempo no ha cerrado. Cliff dice que viene a echar una mano. En realidad viene a buscar a Clara, a la que llevaba más de un año sin hablar directamente.
El relato avanza en dos tiempos que se rozan constantemente. En el presente, una cuarentena preventiva encierra al equipo mientras se examinan virus gigantes conservados en los cuerpos y se debate hasta dónde es prudente despertar lo que el hielo guardaba; en la caverna, un círculo de piedra con tallas de precisión inexplicable sugiere matemáticas que nadie debería haber escrito allí. En el pasado, Cliff reconstruye a su hija a partir de restos igual de fragmentarios: un diario, un iPod con la suite de Holst, una figurita dogū que él mismo le regaló como amuleto, una fotografía de Alaska y el recuerdo de la última discusión, aquella en la que él le pedía que volviera a casa con Yumi y ella le respondía que se marchaba precisamente por su hija.
De ese contrapunto surge el verdadero asunto del texto: qué se hereda y qué se abandona. Clara vigilaba el mundo desde niña, anotando desastres en cuadernos con códigos de colores, convencida de que todo está conectado y de que lo que nos salvará es el pasado que desconocemos; su padre excava aldeas que el mar devora y reconoce, sin decirlo del todo, que su propio trabajo también existe gracias al desastre. Entre ambos queda Yumi, casi diez años, criada por sus abuelos y aprendiendo a esperar postales.
Escrito en primera persona, con humor seco en los intersticios y una atención casi forense al detalle —el olor a huevo podrido de la tierra recién liberada, la paleta de sienas del cráter, las botas de Clara que le vienen justas—, el texto funciona a la vez como intriga científica y como elegía familiar. La niña de hace treinta mil años y la hija muerta hace un mes se miran a través del hielo, y el padre que abre un cuerpo antiguo para entenderlo descubre que está intentando, en realidad, entender el suyo.
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