Primera entrega de la serie Fast Track, esta novela de Erin McCarthy sitúa una historia de amor contemporánea en el ruidoso circuito del automovilismo estadounidense.
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Primera entrega de la serie Fast Track, esta novela de Erin McCarthy sitúa una historia de amor contemporánea en el ruidoso circuito del automovilismo estadounidense. Tamara Briggs, viuda de un piloto y madre de dos hijos, ha organizado su vida en torno a la calma y la previsibilidad, hasta que un tropiezo en una gala benéfica —y una copa de vino derramada— la pone frente a Elec Monroe, el joven piloto revelación de la temporada. Lo que empieza como un coqueteo inofensivo amenaza con desmontar todas las reglas que ella se había impuesto.
Han pasado dos años desde que el accidente de Talladega convirtió a Tamara Briggs en viuda, y su respuesta a esa pérdida ha sido metódica: criar sola a sus dos hijos, sostener su carrera universitaria y renunciar al vértigo del mundo de las carreras que durante una década fue su vida entera. A los treinta y dos años ha decidido que lo que necesita es un hombre tranquilo, formal y sin sobresaltos, alguien que corte el césped los fines de semana en vez de jugarse la vida a trescientos kilómetros por hora. Geoffrey, colega de departamento, encaja sobre el papel en ese plan. En la práctica, la única emoción que le provoca es el pánico ante la perspectiva de compartir con él una habitación de hotel.
La novela arranca precisamente ahí, en una gala benéfica poblada de pilotos, jefes de equipo y patrocinadores, con Tamara escondida en un rincón mientras su amiga Suzanne le dice sin anestesia lo que ella lleva un mes evitando admitir. El humor de esa conversación —descarado, cómplice, muy poco decoroso para el contexto— marca el tono de todo el libro: McCarthy escribe la comedia romántica desde la intimidad de la amistad femenina, con diálogos rápidos y una protagonista que se examina a sí misma con más ironía que autocompasión.
El azar interviene en forma de choque literal. Tamara se da la vuelta, derrama su copa entera sobre la camisa de un desconocido y descubre, en el mismo instante, que la química que llevaba semanas intentando fabricar existe y funciona sola. Elec Monroe es el último apellido de una dinastía dedicada a las carreras, el novato del año, un piloto agresivo en la pista y sorprendentemente tímido fuera de ella, incómodo con las corbatas, los micrófonos y las mujeres que se le acercan buscando su minuto de fama. Él tampoco busca una conquista más: quiere alguien con quien conversar. Que esa alguien resulte ser la viuda de otro piloto complica bastante las cosas.
A partir de un trayecto en taxi compartido, la historia despliega los obstáculos que separan a los protagonistas y que son, casi todos, razonables. Tamara ya sabe lo que cuesta esperar noticias de un circuito y ha jurado no volver a vivir con ese miedo; tiene además dos hijos para quienes es la única red de seguridad. Elec carga con un secreto que lo ha mantenido apartado durante años de mujeres con instinto maternal. Y sobre ambos pesa la vieja enemistad entre las familias Monroe y Briggs, un rencor heredado que ninguno de los dos eligió pero que ninguno puede ignorar. El deporte no es aquí un simple decorado: los patrocinadores, las caravanas del recinto, los rumores del paddock y la conciencia permanente del riesgo funcionan como una comunidad cerrada donde nada privado permanece privado mucho tiempo.
El resultado es un romance contemporáneo sensual y ligero de leer, atento a las fricciones reales de una mujer que debe decidir cuánto espacio le queda al deseo cuando toda su vida está organizada alrededor de la responsabilidad. Al Límite abre la serie Fast Track presentando además al elenco que la sostendrá en entregas posteriores —Suzanne, su exmarido Ryder Jefferson y el resto del circuito—, y plantea desde el primer capítulo la pregunta que la recorre entera: si entre la seguridad mortalmente aburrida y la temeridad existe, como sospecha Tamara, algún término medio habitable.