Tras una ruptura que la deja sin pareja, sin trabajo y sin la vida que había construido alrededor de otra persona, Cat acepta la propuesta de su padre y viaja a Canadá para catalogar la biblioteca de unos viejos amigos de la familia.
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Tras una ruptura que la deja sin pareja, sin trabajo y sin la vida que había construido alrededor de otra persona, Cat acepta la propuesta de su padre y viaja a Canadá para catalogar la biblioteca de unos viejos amigos de la familia. En la casa donde pasó todas las primaveras de su infancia la esperan los recuerdos, un amigo que sigue siendo hermano y un chico difícil que se convirtió en un hombre todavía más difícil. «Al llegar la primavera», de Laura Conde, es una novela sobre reconstruirse cuando ya no queda nada que fingir.
Hay rupturas que rompen una relación y rupturas que dejan a la vista todo lo que se fue cediendo por el camino. La de Cat pertenece al segundo tipo. En una mesa de restaurante, la misma que ocupaban siempre, escucha cuatro frases que ordenan de golpe años de decisiones pequeñas: el año sabático, la jornada reducida, el contrato que no se renovó, las amistades que se fueron quedando sin respuesta. A las dos de la madrugada, cargando cajas con tacones imposibles, entiende que no ha perdido solo a Marcos; ha perdido el rastro de sí misma.
La vuelta a casa de sus padres tiene el consuelo espeso de los pasteles caseros y el peso de un cuarto de adolescencia con cojines de blonda rosa. Es su padre quien corta el duelo con una frase incómoda y necesaria: está mirando lo que ha perdido y no lo que puede ganar. Su propuesta llega en forma de billete a Québec. Los Brown, amigos suyos desde una beca compartida en Italia, necesitan a alguien que inventaríe una biblioteca desmesurada antes de empezar a donar parte de sus fondos. A Cat le queda un bolso de viaje, una carrera que casi había olvidado haber estudiado y ninguna atadura que la retenga.
Saint-Sauveur-des-Monts sigue siendo el paisaje de lagos y montañas verdes donde transcurrieron sus mejores primaveras. También sigue en pie la casa que sintió como segundo hogar: la ventana por la que se escapaba a recoger flores, la cocina donde nana preparaba el guiso de los domingos, la habitación que Emma le tiene preparada como si nunca se hubiera ido. Alex, el niño que la adoptó como cómplice de travesuras, la recibe con un abrazo que le levanta del suelo una carga que ni sabía que llevaba. Pero hay una camioneta roja aparcada de cualquier manera a las cuatro de la mañana, unas llaves que se caen al suelo, y una silueta que levanta la vista hacia su ventana. Eric.
La novela alterna dos tiempos y dos voces. En el pasado, un niño castigado en su cuarto por transformar el aparador de la familia recibe una flor prensada de manos de una niña española de ojos muy verdes que colecciona pétalos dentro de los libros, convencida de que la belleza puede conservarse para siempre. En el presente, ese niño de talento asombroso para la madera es un hombre que llega borracho de madrugada, con un corte reciente en la ceja y una respuesta hiriente para cada buenos días, mientras su padre le pregunta en el pasillo en qué momento se vino abajo.
Laura Conde construye un romance de reencuentro donde la historia de amor avanza al mismo ritmo que otra reconstrucción más callada: la de una mujer que aprende a distinguir la entrega del vaciamiento, y que descubre que anularse nunca demostró nada salvo sus propias carencias. Con humor irónico en la voz de Cat, ternura en la mirada infantil de Eric y una casa llena de recuerdos como escenario, «Al llegar la primavera» habla del regreso a los lugares donde uno sabía quién era, de los errores que ya no se pueden enmendar y de la posibilidad de que dos personas rotas por motivos distintos encuentren, justo cuando el invierno parecía definitivo, una estación nueva.