Ensayo ilustrado sobre la cartografía de la Tierra Media que acompaña a un mapa de Beleriand, la tierra de la Primera Edad hundida bajo el mar mucho antes de los viajes de Bilbo y Frodo.
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Ensayo ilustrado sobre la cartografía de la Tierra Media que acompaña a un mapa de Beleriand, la tierra de la Primera Edad hundida bajo el mar mucho antes de los viajes de Bilbo y Frodo. El volumen reconstruye cómo Tolkien dibujó, corrigió y volvió a dibujar sus mundos —desde un plano de trincheras del Somme hasta una hoja de examen reutilizada en Leeds—, resume la mitología que da sentido a ese territorio y cierra con un extenso repertorio alfabético de sus ríos, bosques, pasos y fortalezas.
Antes de que existiera una historia, existió un mapa. Esa es la idea que vertebra este volumen: la convicción, expresada por el propio Tolkien, de que un relato complicado debe empezar por trazarse sobre el papel, porque después ya no habrá manera de hacerlo. A partir de ahí, el texto sigue la huella cartográfica del autor a lo largo de casi sesenta años de trabajo, desde el plano de trincheras enemigas que dibujó en Francia durante la Gran Guerra hasta los documentos manoseados, pegados y ampliados con hojas de respaldo que su hijo Christopher describiría como insólitos, maltrechos y absolutamente característicos.
La primera parte narra ese proceso como una forma de descubrimiento más que de invención. El cuaderno azul de los Cuentos Perdidos, la hoja de examen de la Universidad de Leeds donde nació un primer Beleriand, los dos mapas que Tolkien ilustró para El hobbit, los doce años de búsqueda que separan aquella aventura de El Señor de los Anillos: cada etapa aparece ligada a un trazo, a un nombre que se desplaza, a un río que cambia de curso mientras la crónica se profundiza. El resultado, sostiene el ensayo, es esa «consistencia interna de realidad» que hace de la Tierra Media un lugar donde el sol sale y se pone, la luna cumple sus fases y la lluvia, la niebla y la nieve pesan tanto como la magia.
La segunda parte se detiene en el mapa concreto que ilustra el libro, interpretación de John Howe a partir del que Christopher Tolkien preparó para la edición de El Silmarillion de 1977. Es un mapa del pasado: muestra solo las tierras al oeste de las montañas y al este del mar, durante una fase breve de la historia del mundo, y deja fuera Númenor, las Tierras Imperecederas y las regiones orientales que conocerán los hobbits. Para leerlo, el texto ofrece el relato previo indispensable: la Música de los Ainur, la creación de Eä y Arda, la llegada de los Valar, la rebelión de Melkor, las tres joyas que Fëanor forjó con la luz de los Dos Árboles y el juramento que arrastró a los Noldor de vuelta a la Tierra Media entre traiciones y matanzas entre parientes.
Sobre ese fondo se despliega la geografía como motor de los acontecimientos. Las Montañas del Terror y sus telarañas, los picos inaccesibles donde anidaban las águilas, el cinturón de encantamientos que Melian tendió alrededor de Doriath, el pasadizo del Río Seco que conducía a la llanura oculta de Gondolin, la garganta del Teiglin donde Túrin mató al dragón y donde después se quitó la vida, las bocas del Sirion desde las que Eärendil zarpó a suplicar el auxilio de los Valar. La Guerra de la Cólera cierra el ciclo hundiendo bajo el océano casi todo lo que el mapa registra, de modo que el propio documento se convierte en testimonio de un mundo perdido.
El volumen concluye con un repertorio alfabético de los lugares del mapa. Cada entrada traduce el nombre, lo sitúa respecto a los ríos y cordilleras vecinos y, cuando corresponde, recuerda el episodio que allí ocurrió: el vado que los enanos abrieron camino adelante, la torre que Finrod levantó frente al mar, los refugios marineros arrasados tras la Batalla de las Lágrimas Innumerables, la colina bajo la que moraba un enano mezquino. Leído de corrido, ese glosario funciona como una segunda narración, más seca y más precisa, de todo lo que el dibujo solo puede insinuar.
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