Desde la terraza de una casa frente al Atlántico, una mujer de setenta y tantos años deja que el oleaje le devuelva la memoria: el verano en que Salomé Duarte cruzó la montaña hacia un pueblo de pescadores del que, según decían, nadie…
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Desde la terraza de una casa frente al Atlántico, una mujer de setenta y tantos años deja que el oleaje le devuelva la memoria: el verano en que Salomé Duarte cruzó la montaña hacia un pueblo de pescadores del que, según decían, nadie vuelve a salir. Lo que iba a ser un mes cuidando el hotel de sus tías se convirtió en la frontera entre la vida que imaginaba y la que le tocó.
Una anciana mira el mar cada mañana desde el mismo diván, y cada mañana el mar le devuelve las mismas huellas en la arena: dos cuerpos jóvenes girando como un tiovivo hasta creer que podían viajar a Venus. La voz de su nieta Isabel la rescata del trance, la trae de vuelta al desayuno con su hijo EnRIKe, con Dolores —a quien llama, sin ironía suficiente, su inadorable nuera— y con Basilia, la mujer que le esconde las cosas, le impone medicinas y cocina como una joya. En ese vaivén entre el rincón de los recuerdos y una casa donde ya no manda, la novela abre su verdadero cauce: la historia de Salomé Duarte.
Es el último día de un agosto caluroso cuando una camioneta deja a Salomé en una calle polvorienta, entre palmeras y restaurantes pintorescos, con treinta y un trajes de baño y la certeza de haberse equivocado. Sus tías le prometieron unas vacaciones sin final; ella dejó atrás la capital, a Diego y sus reclamos, y aceptó pasar un mes al frente del hotel familiar. Nadie la espera en la parada. El chofer ya le advirtió, medio en broma: quien entra a este lugar no vuelve a salir. La tía Helena, con sus perlas de mentira y su jeep destartalado, se lo repite en serio: después de cruzar esa montaña, jamás puedes salir.
El pueblo es un santuario de ballenas fuera de temporada, un caserío de inmigrantes, wesleyanas con Biblias en la mano y vecinos sin rostro que celebran la caída de un coco como un acontecimiento. Puerta del Paraíso, el hotel de cuarenta y dos cabañas bajo los cocoteros, funciona con un orden severo: reservas por correspondencia, inventario diario, dinero a la caja fuerte y de ahí, en motoconcho, al otro lado de la montaña. Las hermanas Duarte lo administran con una divinidad propia, el dios de la Ambición: Helena, solterona por presunción, esperando un príncipe que nunca llegó; Patria, que solo concibe el amor si viene adornado de yates y cuentas en Suiza. Los empleados no levantan la cabeza cuando ellas pasan. La cocinera mira a la recién llegada con una piedad que la muchacha no sabe descifrar, y en la bienvenida de Patria brilla una mirada de triunfo que Salomé no alcanza a ver —y que verá demasiado tarde.
La novela avanza tejida en dos tiempos que se rozan constantemente: el presente doméstico de la narradora, donde su hijo anuncia decisiones importantes que prefiere no explicar y una empresa llamada EHASA asoma como sombra, y el pasado de la joven que llegó por un mes. Entre ambos hay una niña de nueve años que machaca almendras bajo el almendro y dice llamarse Basilia. La montaña, entretanto, sigue ahí: pintada de azul, confundida con el océano, guardando de un lado la civilización con su ruido inagotable y del otro un paraíso donde parece que Dios derramó lo más bello de la naturaleza y se marchó. La pregunta que la narradora arrastra desde la primera página —por qué el hombre se empeña en dominar la naturaleza contra los designios de Dios— insinúa que ese paraíso no quedará intacto.
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