Un antiguo aviador de la R.A.F., negro y caribeño de origen, llega al East End londinense de la posguerra para ocupar su primer puesto como maestro en una escuela secundaria rodeada de solares bombardeados, tiendas malolientes y calles…
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Un antiguo aviador de la R.A.F., negro y caribeño de origen, llega al East End londinense de la posguerra para ocupar su primer puesto como maestro en una escuela secundaria rodeada de solares bombardeados, tiendas malolientes y calles cosmopolitas. Desde el trayecto en autobús hasta su primer encuentro con el director y el claustro, el narrador descubre un centro que ha renunciado al castigo y apuesta por la libre expresión de unos alumnos casi adultos, indóciles y desconfiados. Lo que empieza como un choque entre expectativas ilustradas y una realidad áspera se convierte en el retrato de un hombre que debe ganarse, día a día, el respeto de quienes lo miran primero por el color de su piel.
La obra arranca con una escena de calle memorable: un autobús rojo abarrotado avanza por Aldgate cargado de asistentas que bromean sin pudor con el cobrador, ajenas —o indiferentes— a la presencia del narrador, el único hombre negro a bordo. Ese microcosmos ruidoso y vital, dibujado con humor y afecto, se quiebra en un instante cuando una señora elegante prefiere permanecer de pie antes que sentarse junto a él. En apenas unas páginas queda planteado el eje del libro: la distancia entre la cordialidad popular y el prejuicio silencioso, y la lucidez con que el protagonista aprende a leer ambos.
El destino de ese trayecto es la Greensdale Secondary School, escondida al final de un pasaje estrecho, en un barrio de escombros, moscas y comercios de rótulos internacionales que el narrador había imaginado, por sus lecturas, mucho más romántico. Allí lo recibe el señor Florian, un director menudo, pulcro y de mirada asombrada que habla siempre en plural, como portavoz de un equipo, y que lo invita a recorrer el centro antes de decidir si quiere quedarse. La advertencia es cortés pero clara: su método resulta “poco tranquilizador” para muchos maestros.
El recorrido confirma la sospecha. En un aula sin profesor, cuarenta chicos y chicas casi adultos ocupan pupitres y sillas con un abandono que nada tiene de escolar; su maestro anterior acaba de abandonar el puesto y ha huido de la escuela sin despedirse. La sala de profesores ofrece un segundo retrato coral: el cínico Weston, que recibe al recién llegado con una broma sobre ovejas negras; la locuaz señora Dale-Evans, que va presentando a cada colega con comentarios murmurados al oído; la señora Drew, sólida como un peñón; la vitalista Clintridge; y Gillian Blanchard, recién incorporada, de belleza serena y voz cálida, que empieza a explicar en voz baja qué tiene esta escuela de aterrador y de desafiante.
La premisa pedagógica es radical para su tiempo: no hay castigos, ni físicos ni de otro tipo, y se anima a los alumnos a expresarse con libertad, aunque casi nunca lo hagan con discreción. El narrador, criado en la luz y la hierba de Georgetown, contrasta ese patio sombrío y carcelario con la escuela feliz de su infancia y se pregunta qué puede significar el aprendizaje para unos niños que crecen entre ruinas. Sin proponérselo, ya ha aceptado el cargo: los rostros sucios y sin miedo de los críos que juegan entre escombros le han dado el valor necesario.
Escrita en primera persona, con un tono que alterna la ironía, la observación sociológica y una honestidad incómoda consigo mismo, la narración se sostiene en el pulso entre dignidad y humillación. El protagonista registra sin sentimentalismo tanto la solidaridad instintiva de las clases populares como los gestos glaciales de quienes lo excluyen, y observa a sus futuros alumnos con una mezcla de alarma y curiosidad. Es, a la vez, una crónica de barrio, un relato de iniciación profesional y una reflexión sobre lo que cuesta —y lo que enseña— ser el forastero permanente en el aula propia.
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