Un joven sale de Sing-Sing con un maletín, cincuenta dólares prestados y una idea fija: no volver a ser un número. En el Nueva York de posguerra, entre tabernas de Greenwich Village, callejones de Chinatown y despachos que fingen vender…
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Un joven sale de Sing-Sing con un maletín, cincuenta dólares prestados y una idea fija: no volver a ser un número. En el Nueva York de posguerra, entre tabernas de Greenwich Village, callejones de Chinatown y despachos que fingen vender viajes, Ralf Whitman se propone resucitar el gang que su padre dirigió en los años dorados del hampa. Lo que empieza como una revancha personal se cruza muy pronto con una operación de otra escala, donde el dinero es solo la superficie y el verdadero negocio se escribe en clave dentro de cartas turísticas.
La novela abre con una imagen seca y precisa: un hombre bajo la llovizna, la mole gris de la prisión a su espalda, el rostro levantado hacia un cielo opaco. Ralf Whitman tiene veinticinco años, ha cumplido poco más de cinco por un intento de asesinato a mano armada y acaba de dejar de llamarse 3745. La libertad, en su caso, no es un final sino un plan largamente ensayado en la celda.
Su primera parada no es una casa ni un empleo, sino una taberna del Greenwich Village donde conviven poetas melenudos, viejos de barba hirsuta y matones a jornal. Allí obtiene lo mínimo indispensable para empezar: unos billetes, un alojamiento y una pistola. De ahí sigue hasta un edificio destartalado en el que un antiguo nombre del gansterismo neoyorquino sobrevive arrinconado por la parálisis, la pobreza y la nostalgia. El reencuentro entre padre e hijo es también el punto de arranque de un pacto: convocar a los fieles que quedan, apartar a los que se acomodaron y devolverle a la ciudad un nombre que llevaba años apareciendo solo en los recortes de prensa.
Esos recortes existen, y alguien los guarda. En una oficina de la Twenty-Third Street funciona una agencia de viajes que no vende viajes, no tiene clientes y sin embargo permanece abierta. Su titular lleva un álbum con la crónica ordenada de más de una década de asaltos, redadas y titulares, y recibe correspondencia intrascendente sobre excursiones económicas a Florida cuyo verdadero mensaje aparece al contar líneas y palabras. Cuando la orden llega —cerrar una operación, eliminar cabos, poner en marcha la siguiente—, se ejecuta con la misma frialdad administrativa con que se archiva un recibo.
El relato avanza entonces por dos carriles que se van estrechando. Por un lado, la reconstrucción artesanal de una banda: viejos lugartenientes con los zapatos rotos, gemelos de sonrisa inquietante, un antiguo camarada que prefiere sus treinta y cinco dólares semanales honrados, un socio que se retira a tiempo porque ya tiene familia. Por otro, un juego mucho más frío en el que la delincuencia común es apenas una herramienta, y donde una cifra —cien mil dólares, quizá el doble con el tiempo— sirve para comprar músculo sin explicar para qué.
Lo que sostiene el libro es el contraste entre esos dos mundos. El del Gran Tooker todavía obedece a códigos: la lealtad, el reparto, cierta idea del oficio. El del hombre de la agencia no obedece a nada salvo a un plan numerado. Entre ambos se mueve Ralf, demasiado joven para la vieja escuela y demasiado impaciente para esperar su turno, capaz de resolver una discusión de jerarquía con un disparo y de reprocharle después al azar que le haya complicado la tarde.
Escrita con la cadencia del pulp policial clásico —diálogo cortante, escenarios reconocibles, jerga del hampa, capítulos breves que terminan en movimiento—, la obra recorre la Quinta Avenida, el Bowery, Brooklyn y los tejados traseros de Chinatown con una atención casi documental al detalle urbano. Las persecuciones empiezan en un retrovisor, las alianzas se cierran en el asiento de un automóvil y las traiciones se anuncian con un gesto amable. Es una novela sobre hombres que confunden el regreso con el porvenir, y sobre la facilidad con que una ambición pequeña acaba trabajando, sin saberlo, para una mucho más grande.
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