Pablo Leguía, un arquitecto de treinta y cinco años, despierta atado a una cama en el pabellón de un hospital psiquiátrico de Lima, internado por su propia familia tras un episodio de manía que él mismo tarda en reconocer.
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Pablo Leguía, un arquitecto de treinta y cinco años, despierta atado a una cama en el pabellón de un hospital psiquiátrico de Lima, internado por su propia familia tras un episodio de manía que él mismo tarda en reconocer. Entre diagnósticos, medicación forzada y el encuentro con otros pacientes, la novela reconstruye desde dentro el colapso y la lucidez fragmentada de un hombre convencido de estar viviendo una revelación genial.
La historia arranca con una escena de extrañamiento: Pablo Leguía abre los ojos en una sala que no reconoce, con los brazos sujetos a la cama, y solo de a poco recompone lo ocurrido la noche anterior, cuando su familia lo llevó con engaños hasta un hospital para internarlo. A partir de ahí, la novela sigue de cerca sus primeras horas y días dentro del pabellón psiquiátrico: la rutina de duchas comunes, medicación en fila, comedores compartidos y jardines vigilados, retratada con un realismo minucioso que contrasta con el estado mental de su protagonista. Pablo, arquitecto orgulloso de su talento y su posición social, se resiste a aceptar el diagnóstico del doctor Jiménez —un cuadro maniaco dentro de un trastorno bipolar— y se aferra en cambio a la certeza de estar atravesando una etapa de inspiración excepcional: proyectos urbanísticos grandiosos, como la fundación de una ciudad utópica en Paracas, invenciones tecnológicas a medio terminar y una sensación creciente de estar tocado por un designio superior. El relato alterna el presente del encierro con recuerdos que iluminan su deterioro reciente —la ruptura de su matrimonio, noches sin dormir, el desborde de ideas y gastos, un correo electrónico desquiciado enviado a todos sus contactos— y con episodios más antiguos, como una ceremonia de ayahuasca vivida años atrás en una comunidad shipiba cerca de Pucallpa, que funcionan como claves de su manera de entender el mundo y de justificarse a sí mismo. La relación con otros internos, en particular con un joven llamado Martín, abre además una mirada sobre las diferencias de clase y origen que Pablo no deja de notar incluso mientras pierde el control sobre su propio relato. Escrita con atención a los detalles físicos del encierro y a los pliegues de una conciencia que se cree lúcida mientras se desarma, la novela compone un retrato íntimo y perturbador de la manía, la familia y la fragilidad de quienes, por brillantes o ambiciosos, terminan más expuestos a la caída.
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