Un adolescente acorralado por tres matones se refugia en una fábrica abandonada y allí presencia algo que ninguna de las leyendas del barrio había anticipado: un canto imposible y una luz azul que hace huir a sus perseguidores.
Descargar
Un adolescente acorralado por tres matones se refugia en una fábrica abandonada y allí presencia algo que ninguna de las leyendas del barrio había anticipado: un canto imposible y una luz azul que hace huir a sus perseguidores. Lo que empieza como un conflicto escolar corriente se abre hacia un territorio mucho más extraño.
«Alas y sombras» arranca en un escenario reconocible para cualquiera que haya cruzado la puerta de un instituto: un aula de 1º de la ESO a un mes de terminar el curso, con el calor de junio entrando por las ventanas, una profesora de matemáticas entusiasmada con el álgebra y, al fondo de la clase, tres repetidores que han decidido que su papel será el de imponer miedo al resto.
Fran es un chico corriente —notas medias, buen fondo, conciencia de que podría esforzarse más— que un día toma una decisión pequeña con consecuencias grandes: señalar a Víctor delante del profesor de Geografía. No lo hace por heroísmo, sino porque calcula que si alguien planta cara, quizá los demás sigan; que tres no pueden contra una clase entera. Ese cálculo, razonable sobre el papel, lo convierte en objetivo. La amenaza llega sin ambigüedad, con un gesto de dedo cruzando la garganta y dos palabras dichas sin voz.
La novela abre, sin embargo, por otro sitio. Antes del aula, antes de la delación, hay una persecución: un chico que corre por un solar de hierbas secas y montones de piedra convertidos en porterías, que salta la tapia de una fábrica abandonada y se interna en un edificio del que el barrio cuenta de todo —fantasmas en las oficinas empolvadas, perros con luna llena, un loco viviendo en el sótano—. Nadie del barrio había entrado nunca de verdad. Esa tarde, sin margen para elegir, alguien lo hace.
Lo que ocurre dentro de la nave vacía, entre cadenas de montaje oxidadas y agujeros que amenazan una caída de nueve metros, desplaza el libro de registro. Un canto sin letra baja flotando por el pasillo de las oficinas, tan hermoso que suspende incluso la violencia en curso. Después, un resplandor azul y un zumbido que crece. Los matones huyen llorando de algo que el lector no llega a ver. Y el chico escondido queda solo con la certeza de que las historias de la fábrica eran, de algún modo, ciertas.
A partir de ahí, los títulos de sus capítulos dibujan un recorrido que se aleja cada vez más del patio del instituto: una sesión de espiritismo, un nombre escrito en un espejo, unos días de campamento, el secreto de Ana —la compañera a la que todos llaman «la Loca» y de la que nadie se ocupa—, un mundo llamado Luna, unas tierras baldías, una ciudad donde la lluvia no cesa, una persecución y la sangre de un arcángel.
Carlos Gómez-Niño escribe desde una posición poco frecuente en la literatura juvenil: la de quien ha estado al otro lado del pupitre. Los agradecimientos del libro están dedicados, entre otros, a sus alumnos de sexto y tercero de Primaria de un colegio de Fuenlabrada, y esa proximidad se nota en la exactitud de los detalles escolares —el profesor que llama a los alumnos por su apellido cuando se enfada, la profesora de inglés que sale llorando de clase, el sistema de faltas graves que todos los niños saben contar—. El acoso no aparece aquí como un tema ilustrativo, sino como una mecánica cotidiana con sus reglas, sus cálculos y sus costes.
«Alas y sombras» sostiene así dos historias en el mismo cuerpo: una novela de instituto sobre valentía, lealtad y el precio de ser el primero en decir que no, y una fantasía que empieza en un edificio en ruinas de las afueras y se prolonga hasta geografías inventadas. La primera le da peso a la segunda; la segunda le ofrece a la primera una salida que ningún patio de recreo podía dar.