En una villa blanca suspendida sobre la Costa Azul, el mayor traficante de armas del mundo agoniza con un cuchillo clavado por un socio que fue su amigo, y se lleva a la tumba el nombre del negocio que ambos habían diseñado.
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En una villa blanca suspendida sobre la Costa Azul, el mayor traficante de armas del mundo agoniza con un cuchillo clavado por un socio que fue su amigo, y se lleva a la tumba el nombre del negocio que ambos habían diseñado. Ese silencio final abre una investigación que enlaza la muerte de un diplomático soviético, un grupo de nostálgicos del Tercer Reich reunidos en una posada de Ratisbona y dos agentes acostumbrados a trabajar al margen de cualquier norma. Novela de espionaje clásico, de ritmo rápido y ambiente mediterráneo, donde el lujo de Niza sirve de fachada a una conspiración de alcance internacional.
Todo empieza con una agonía lenta. En un palacio encaramado entre Juan-les-Pins y Golfe-Juan, un anciano llamado Skouras —griego solo de nombre, dueño de una fortuna incalculable levantada sobre el tráfico mundial de armas— muere apuñalado con una técnica de precisión quirúrgica: la hoja detenida a milímetros del corazón, para que la víctima vea llegar el final sin poder moverse. Su asesino, un alemán corpulento y meticuloso que fue su socio, no busca su dinero sino una respuesta: qué alcanzó a contar el viejo por teléfono, y a quién. Skouras se niega, provoca su propia muerte y deja tras de sí una incógnita que costará más vidas, empezando por la del hombre que llega esa misma tarde a la verja del palacio.
Mientras la policía francesa avanza por la vía rutinaria, otra investigación se pone en marcha desde fuera de los cauces oficiales. Max Braun, agente alemán recién incorporado a una organización secreta bajo el distintivo «Géminis 015», cita en una terraza del Paseo de los Ingleses a Gordon McQuade, un inglés de músculo y instinto con quien lo une una amistad nacida a puñetazos. Braun ha atado cabos que no le gustan: el heredero del imperio de Skouras es un traficante llamado Simón Jurgen; el muerto se había reunido semanas antes con el dirigente más visible de un partido que apenas disimula su herencia nazi; y la firma del cuchillo remite a una sección secreta y fanática que se creía extinguida desde la guerra. A ello se suma un cadáver incómodo: un agregado del consulado soviético en Niza, liquidado en el mismo vestíbulo y por la misma mano.
El reparto de tareas dura lo que tarda McQuade en desobedecerlo. En lugar de acercarse al traficante alemán, sube a la colina para entrevistar a la viuda: Sonia, treinta años más joven que su marido, dueña ahora de una fortuna que nadie se atreve a disputarle, y en cuya mirada el inglés detecta menos duelo que cautela y miedo. La conversación entre ambos —esgrima de preguntas, medias verdades y una franqueza brutal sobre un matrimonio comprado— marca el tono de la novela: el interrogatorio como duelo, la seducción como táctica, la información como única moneda fiable.
En paralelo, lejos del sol y las palmeras, cuatro hombres se reúnen de noche en el piso alto de una posada de Ratisbona, entre mapas, listas de cifras y planes de suministro. Hablan de reanudar envíos, de reclutar mujeres dentro y fuera de Alemania, de un calendario que debe cerrarse antes del verano siguiente, y de cómo reaccionarán los rusos cuando llegue el momento. Ninguno de ellos aspira a tomar el poder por la fuerza —saben que sería aplastado en una hora—, y ahí reside precisamente la inquietud que atraviesa el libro: si no es un golpe de Estado, ¿qué es lo que están comprando con toda esa munición?
La novela combina la mecánica del thriller de agentes con una lectura desencantada de la Europa de posguerra: el dinero que blanquea cualquier biografía, el turismo de lujo como escenario y coartada, la burocracia policial siempre un paso por detrás, y la certeza incómoda de que las viejas fidelidades no murieron, solo cambiaron de negocio. Entre Niza, la Costa Azul y las calles frías de Baviera, dos agentes que no respetan protocolos persiguen a un asesino al que no pretenden detener, sino encontrar —y con él, el plan que un moribundo prefirió callar.
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