Una mañana cualquiera de julio, un hombre de treinta y cinco años se prepara el desayuno en su piso de Viena y descubre, de manera gradual y casi doméstica, que no queda nadie más.
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Una mañana cualquiera de julio, un hombre de treinta y cinco años se prepara el desayuno en su piso de Viena y descubre, de manera gradual y casi doméstica, que no queda nadie más. La televisión sólo emite nieve, la radio sólo ruido, los teléfonos suenan en el vacío y las calles conservan los coches perfectamente aparcados, como si sus dueños se hubieran esfumado un segundo antes. A partir de ese hallazgo, la novela sigue a Jonas mientras recorre la ciudad desierta buscando una explicación, un rastro o simplemente una prueba de que aún existe alguien que pueda verlo.
El relato arranca con una escena de una normalidad casi provocadora: alguien saluda hacia la cocina, lleva el servicio del desayuno a la mesa, enciende el televisor y manda un mensaje de cariño a su pareja, que está de viaje. Sólo después, con la lentitud de quien tarda en admitir lo evidente, empiezan a acumularse las pequeñas anomalías. La pantalla no capta ningún canal: ni los austríacos, ni los alemanes, ni los internacionales. El periódico no ha llegado. El navegador devuelve un error de servidor. En la parada del autobús, al levantar la vista del suplemento dominical, comprueba que no hay nadie: ni peatones, ni coches, ni siquiera pájaros.
Antes de ese vacío hay una escena que funciona como llave del libro entero: al cortar el pan, el cuchillo resbala y le abre el dedo hasta el hueso. La herida no duele, no sangra mucho, pero le muestra algo que nunca había visto y que nadie había visto jamás: su propio interior. La observación de que llevaba treinta y cinco años conviviendo con ese dedo sin saber cómo era por dentro anticipa el asunto real de la novela, más íntimo que catastrófico: qué queda de una persona cuando desaparece toda mirada ajena que la confirme.
Lo que sigue es una exploración metódica y cada vez más febril. El protagonista atraviesa a toda velocidad una Viena reconocible y muda —el puente Heiligenstädter, Franz-Josef-Kai, la Ringstrasse, la ópera, el Hofburg, Heldenplatz—, sube a la oficina donde trabaja y encuentra los escritorios intactos, las plantas en su sitio, los juguetes del rincón infantil como recién abandonados. Visita el piso de su padre, con el reloj de pared marcando su ritmo acompasado y las gafas de leer encima del televisor. Recorre estaciones de tren y el aeropuerto, revienta escaparates con unas tenazas para tubos, dispara alarmas que aúllan durante horas sin que nadie acuda, abre maletas ajenas en busca de una pista. El cajero automático sigue entregando dinero. Los relojes siguen funcionando. Ningún panel anuncia ya llegadas ni salidas.
La investigación externa se agota pronto —no hay bombas, no hay evacuación posible, no hay explicación que resista un examen— y entonces el libro gira hacia dentro. Aparecen los rituales del superviviente solitario: contar las motos aparcadas, memorizar la posición del sol, dar la vuelta al coche para verificar cómo lo dejó, tocar el claxon durante minutos en pueblos vacíos, escribir una postal con la fecha y echarla a un buzón cuya recogida nunca llegará. Y aparece, sobre todo, la sospecha. Se despierta vestido de calle sin recordar por qué. Cree que en el ropero hay una chaqueta de más. Ata la puerta de un compartimento de tren con tiras de cortina antes de dormir. En una ciudad sin nadie, el único que puede estar acechándolo es él mismo.
La prosa es seca, concreta, casi de inventario: marcas de coche, nombres de calles, latas de limonada, el olor de una despensa a manzanas fermentadas, el tictac heredado de la infancia. Esa precisión doméstica es la que produce el desasosiego, porque el mundo no está destruido —está intacto y deshabitado, que resulta mucho peor—. Bajo el registro de novela de anticipación late una meditación sobre la identidad, la memoria y la presencia, anunciada ya en el epígrafe de Kundera que separa el vivir del ser. Un libro sobre el último testigo posible de una vida, obligado a decidir si sigue siendo alguien cuando ya no queda quien lo nombre.