Una joven psicóloga hereda un piso en el centro de París y descubre que la casa —y el edificio entero— le ofrecen justo el lugar donde su idea largamente acariciada puede echar raíces.
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Una joven psicóloga hereda un piso en el centro de París y descubre que la casa —y el edificio entero— le ofrecen justo el lugar donde su idea largamente acariciada puede echar raíces.
Clémentine Poli tiene veintisiete años, raíces francesas e italianas y una idea que aún se niega a llamar proyecto. La herencia inesperada de una tía lejana a la que nunca conoció —una mujer que quizá tampoco llegó a ver ese apartamento— la lleva un día de septiembre al número 14 de la Rue Le Monde, con un llavero en forma de naranja en el bolsillo y una vaga sensación de culpa por haber recibido un regalo que no pidió.
La casa se revela por partes, como un cuento en el que hay que elegir puerta: un estudio forrado de estanterías vacías que parece esperar precisamente lo que ella tiene en mente, una habitación de paredes celestes, una cocina escondida en el muro y una terraza sobre los tejados de París. Cada hallazgo es demasiado, y todos juntos, casi imposibles de creer.
Pero el verdadero patrimonio está en quienes habitan el edificio. Hector, el portero que corta rosas y ha aprendido de las flores que el perfume sobrevive a la memoria. Valentine, pianista de la Ópera, que escucha con una atención capaz de enamorar. Céleste, la abuela que teje y sostiene la idea de que envejecer traslada la belleza del rostro al corazón. Y Rémy, ocho años y una curiosidad que convierte una guía telefónica en un libro lleno de personajes en busca de autor. Los miércoles hay bizcocho, té y adivinanzas, y esa cita antigua se transforma con la llegada de Clémentine.
A través de la historia familiar —un padre que persiguió durante años la verdad sobre la muerte de Albert Camus, una madre que escribe desde cualquier rincón del mundo— la novela sostiene una tesis serena: la felicidad no consiste en hacer todo lo que se quiere, sino en querer todo lo que se hace. Y también, que las palabras contempladas el tiempo suficiente terminan por surtir efecto.
Con un narrador que asoma desde el primer instante —un hombre que vio a una mujer sujetando su paraguas en un día de viento y no tuvo el valor de detener el coche—, esta es una historia sobre lo que se hereda sin merecerlo, lo que se planta sin saber si crecerá y las casualidades que, cuando se las deja obrar, acaban pareciendo destino.
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