Novela autobiográfica peruana en la que una mujer de casi treinta años, madre reciente y escritora de oficio, abre un diario los domingos en un café de Lima para reconstruir su vida amorosa y espiritual.
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Novela autobiográfica peruana en la que una mujer de casi treinta años, madre reciente y escritora de oficio, abre un diario los domingos en un café de Lima para reconstruir su vida amorosa y espiritual. Entre el relato descarnado de un parto, los retiros holísticos en Pachacamac y el recuento de los hombres que llama 'magos', el libro indaga en la maternidad, el deseo, la orfandad afectiva y la búsqueda de una voz propia.
Todo empieza con un cuerpo a punto de romperse. La narradora de esta novela abre su historia con el relato del día en que rompió aguas: la caminata pesada hasta la clínica, los trámites absurdos firmados entre contracciones, la epidural que solo le duró quince minutos, el marido comiendo un helado junto a la camilla. Del parto sale no solo una hija, sino una certeza que ordenará todo lo que viene después: que una parte de ella ya nunca volverá a pertenecerle, y que esa separación la mantendrá atada para siempre.
A partir de ahí, el libro adopta la forma de un diario. Cada domingo, la protagonista escapa del ruido doméstico y se instala en un café del óvalo Gutiérrez de Lima, frente a la estatua del arcángel Miguel, con un cuaderno de tapa de cuero y un cappuccino que funciona como pócima de invisibilidad. Ahí escribe para entender: hurga en los recuerdos que ya no pinchan el corazón y busca, entre ellos, el camino de la novela que quiere escribir.
Lo que va apareciendo es un mapa doble. Por un lado, la deriva espiritual: los retiros en la montaña rocosa de Pachacamac, el templo de las mujeres escogidas con sus veintiocho ventanas lunares, las sesiones de meditación en casa de Auri —una viuda común y corriente que canaliza a un maestro ascendido llamado Jamanachí—, la catarsis colectiva de cincuenta personas gritando bajo un cielo estrellado, y la incómoda sensación de ser la única, junto a su marido, a quien el hechizo no toca. Por otro, la deriva amorosa: los tres hombres a los que llama sus magos, empezando por el Místico, con quien se casó muy joven creyendo haber encontrado la mitad que le faltaba.
La crónica de ese matrimonio es el eje del libro. Fueron años de fusión y de complicidad: dinero, tiempo libre, la geometría sagrada que él descubrió en los libros y el permiso mutuo para explorar otros cuerpos siempre que callaran lo que pudiera dañarlos. Fueron también años de derrumbe: la enfermedad sin diagnóstico del Místico, el desfile de especialistas, los llantos por los rincones de la casa, el viaje de siete meses del que volvió irreconocible, con barba y la mirada distinta, para pedirle un hijo en los términos más racionales posibles. Y, sobre todo, el abandono afectivo en el embarazo, que la narradora identifica como el punto exacto en que su amor cambió de naturaleza.
Detrás de todo late una herida más antigua. La niña que observaba a su padre desde la baranda de la cuna mientras él miraba hacia otro lado; la que preguntó si podía ser escritora y recibió un no disfrazado de consejo; la que soñaba con el fin del mundo y con una moneda de dos caras que se le escapaba de las manos. Esa moneda le da a la protagonista su lectura de sí misma: una realidad expansiva, de logros y ascenso social, y una realidad de individuación, de viaje interior y vida esencial, entre las cuales se mueve sin resolverse, negándose por igual a la mujer ejecutiva y al ama de casa abnegada.
Escrita en una prosa directa, sensorial y sin pudor, capaz de pasar del humor seco a la crudeza física y de ahí a la reflexión sobre el deseo y la posesión, la obra construye el autorretrato de una mujer que reclama un espacio propio —una mesa, dos sillas, un cuaderno— para averiguar quién es cuando no está siguiendo a nadie.
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