En el Bakú de las últimas décadas del Imperio ruso, un joven aristócrata musulmán, Alí Kan Shirvanshir, transita entre dos mundos: la tradición persa y otomana de su familia y la educación europea del instituto.
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En el Bakú de las últimas décadas del Imperio ruso, un joven aristócrata musulmán, Alí Kan Shirvanshir, transita entre dos mundos: la tradición persa y otomana de su familia y la educación europea del instituto. Su amor por Nino Kipiani, una joven cristiana georgiana, se convierte en el símbolo de una ciudad —y una época— partida entre Asia y Europa, entre el desierto y el petróleo, entre la costumbre y el cambio.
La novela arranca en un aula del Instituto de Bachillerato de Humanidades de Bakú, donde un profesor ruso explica a sus alumnos —musulmanes, armenios, polacos y rusos— que la frontera entre Europa y Asia atraviesa su propia ciudad, y que de su comportamiento dependerá a qué continente pertenecen. Esa broma geográfica se convierte en el hilo conductor de toda la historia: Alí Kan Shirvanshir, hijo de una familia noble de raíces persas, crece dividido entre el mundo de las alfombras, los proverbios y las jerarquías familiares que rige su padre, y el mundo de los uniformes, el latín y los exámenes que impone el poder ruso. A su alrededor desfilan personajes que encarnan esa tensión: un tío que sirvió a la corte del sah y no comprende el poder creciente de los infieles de Europa, un mendigo al que Alí busca durante horas para reparar un gesto de desdén involuntario, compañeros de clase que reivindican con orgullo su pertenencia a Asia. Frente a todo ello se alza Nino Kipiani, joven georgiana y cristiana, cuya sola presencia hace que Alí desee, contra la lógica de su educación y sus costumbres, que Bakú siga siendo ambigua, ni del todo europea ni del todo asiática, para poder seguir mirándola a los ojos sin que un velo se interponga entre ambos. A medida que Alí se acerca a la edad adulta y afronta el examen final de bachillerato, la novela va tejiendo, con ironía y ternura, el retrato de una ciudad fronteriza —con su ciudad vieja amurallada y su ciudad nueva enriquecida por el petróleo— y de una generación obligada a decidir, sin que nadie se lo pregunte del todo en serio, a qué mundo quiere pertenecer.