Cuatro científicos rusos exiliados han muerto en Londres en dos semanas, siempre de forma que parezca un suicidio. Emma Makepeace, agente novata de una agencia secreta británica, recibe una orden urgente: proteger a Michael Primalov, un…
Descargar
Cuatro científicos rusos exiliados han muerto en Londres en dos semanas, siempre de forma que parezca un suicidio. Emma Makepeace, agente novata de una agencia secreta británica, recibe una orden urgente: proteger a Michael Primalov, un joven médico que rechaza toda protección y que es la única grieta en la coraza de su madre, la física más valiosa que el MI6 arrebató a Moscú. Para salvarlo tendrá que convencerlo primero, y correr más rápido que los asesinos que ya lo siguen.
Una tarde dorada en Knightsbridge, dos hombres con la cabeza gacha entran en un edificio donde ningún vecino se cruza con nadie, suben hasta el último piso y vuelven a salir minutos después. Entre una cosa y otra, un cuerpo con bata blanca cae sobre el techo de un camión de reparto. Es el cuarto científico ruso exiliado asesinado en Londres en dos semanas: todos colaboraron alguna vez con el gobierno británico, todos murieron de un modo que puede pasar por suicidio, ninguno dejó ADN ni un rostro en las cámaras. El mensaje que llega a Whitehall es tan simple como insolente: hacemos lo que queremos y no podéis impedirlo.
Emma Makepeace lleva dos años en una agencia sin nombre que opera tras la puerta anodina del Instituto Vernon, en Westminster, y tres meses infiltrada en una tienda de camisetas del norte de Londres, vigilando a un activista más ruidoso que peligroso cuyas donaciones vienen todas de Rusia. La llamada en clave —«tu madre está enferma»— la saca de allí en treinta minutos. Charles Ripley, su jefe, un hombre construido para no ser recordado, le entrega el caso y una fotografía familiar: Dimitri y Elena Primalov, dos físicos nucleares que huyeron de Moscú hace veinte años, y el niño que estaba entre ellos.
Ese niño es hoy Michael, pediatra en un hospital londinense, empeñado en no ser hijo de nadie más que de sí mismo. Sus padres ya están en una casa segura; él ha rechazado la protección y se niega a abandonar a sus pacientes. Pero Elena, la pieza más valiosa que el MI6 le sacó nunca al programa nuclear ruso, no seguirá colaborando si su hijo queda fuera. Emma tiene menos de veinticuatro horas y una sola herramienta: convencerlo. Un tobillo fingido en un cruce de Clissold Park, un dosier memorizado de madrugada y una tarjeta con un número.
Michael dice que no. Y mientras se aleja corriendo, dos figuras aparecen entre la bruma con zancadas idénticas, sincronizadas con una disciplina que solo enseña un ejército.
Novela de espionaje contemporáneo narrada a ras de calle, donde el oficio se mide en detalles —una cerradura, un acento del norte, un gesto en la oreja— y la pregunta que nadie sabe responder no es quién mata, sino para qué.