Alice Ward tiene catorce años y vive en Barcelona con sus dos tías desde que un accidente le arrebató a sus padres. Su rutina —el instituto, los paseos con el perro, el viejo loro gris que su madre le hizo prometer cuidar— se resquebraja…
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Alice Ward tiene catorce años y vive en Barcelona con sus dos tías desde que un accidente le arrebató a sus padres. Su rutina —el instituto, los paseos con el perro, el viejo loro gris que su madre le hizo prometer cuidar— se resquebraja el día en que una comida familiar termina con la cristalería estallada y su silla flotando unos centímetros sobre el suelo. A partir de ahí, todo empieza a señalar en la misma dirección: un libro de tapas púrpura que su padre dejó a medias, una música nocturna que solo ella y su mejor amiga escuchan, y unas tías que susurran por teléfono y esquivan cada pregunta. Núria Vivancos abre así una fantasía juvenil de secretos heredados, ambientada en las calles adoquinadas del Born.
Han pasado seis años desde la llamada de teléfono que cambió la vida de Alice Ward. Tenía ocho años cuando el coche de sus padres se salió de la carretera, y desde entonces la han criado sus dos tías, tan distintas entre sí que parecen dos formas opuestas de sobrevivir a la misma pérdida: Aurelia, ordenada, aprensiva y encerrada en sus rulos malva y su trabajo en unos grandes almacenes; Mercedes, la menor, exuberante, aficionada a los tacones imposibles y a las celebraciones sin motivo aparente. Entre ellas, un perro, un loro gris que nunca ha emitido un sonido y una promesa que Alice sigue cumpliendo sin entender del todo por qué su madre insistió tanto en ella.
El equilibrio se rompe durante un almuerzo. Mercedes lleva a su sobrina a un restaurante marinero, pide una mesa cargada de marisco y observa cada bocado con una atención que no encaja con la ocasión. Cuando Alice prueba el primer erizo, los vasos de la mesa revientan; poco después, un sorbo robado de champán le levanta la silla del suelo. Su tía celebra lo ocurrido como quien confirma un pronóstico largamente esperado, pero se marcha sin explicar nada. En los días siguientes, las señales se multiplican. En una estantería de casa aparece un volumen de tapas púrpura y letras doradas titulado Cangrejos: una sola página escrita, un manifiesto de reglas sobre criaturas sagradas, brujas y permisos que nadie sabe interpretar, y el resto en blanco. Aurelia palidece al verlo y deja escapar que lo empezó el padre de Alice, antes de salir de casa dando un portazo.
A la vez, una melodía nocturna comienza a sonar de madrugada. Nora, la mejor amiga de Alice, lleva noches sin dormir por culpa de ella y nadie la cree; cuando Alice también la oye, entiende que no se trata de un vecino insomne ni de una orquesta imposible. Las conversaciones que su tía mantiene en voz baja tras una puerta cerrada —«no sabe nada», «ya lo he guardado», «habrá que hacerlo»— terminan de convencerla de que las mujeres de su familia comparten un secreto que la incluye a ella y que llevan años administrando con cuidado. Decidida a no seguir esperando, Alice acorrala a Mercedes y obtiene la primera grieta en el silencio: para saber la verdad tendrá que ser convocada por alguien llamado Guerthinger, el Señor de la Noche.
Núria Vivancos construye una novela de iniciación en la que lo extraordinario se abre paso en una vida cotidiana muy reconocible: los deberes de matemáticas, una profesora que teje en clase, las tardes de chocolate con nata, la amistad y sus lealtades pequeñas. Barcelona no es un decorado sino un mapa emocional —el Born, las calles adoquinadas, las torres de la Sagrada Familia— sobre el que se despliega también una historia familiar de fondo: unos abuelos ingleses que nunca aceptaron el matrimonio de sus padres, un París donde todo empezó, un apellido que arrastra más peso del que Alice imaginaba. El resultado es un relato de misterio para lectores jóvenes en el que heredar no significa recibir objetos, sino descubrir de qué está hecha una misma.
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