Un libro práctico sobre adelgazar que sostiene que el verdadero trabajo no ocurre en la báscula sino en la cabeza: detrás de cada bollo comido sin hambre hay un beneficio oculto, y encontrarlo —con lápiz en mano y ejercicios concretos— es…
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Un libro práctico sobre adelgazar que sostiene que el verdadero trabajo no ocurre en la báscula sino en la cabeza: detrás de cada bollo comido sin hambre hay un beneficio oculto, y encontrarlo —con lápiz en mano y ejercicios concretos— es lo que rompe el ciclo de dietas fallidas y efecto rebote.
Escrito por una autora que perdió setenta kilos y no los recuperó, este libro parte de una inversión deliberada del planteamiento habitual: no adelgazamos para ser felices, mantenemos un peso sano cuando dejamos de usar la comida para sostener lo que no nos atrevemos a mirar. De ahí la metáfora que da título y estructura a la obra. Si Alicia cayó por un túnel, se hizo grande y pequeña sin decidirlo, navegó en sus propias lágrimas y bebió y comió cosas que la transformaban, la lectora reconocerá su propia versión de ese país sin pies ni cabeza: el de las rosquillas, las patatas fritas, los bocadillos kilométricos o el chocolate. El libro propone recorrerlo con intención, mirando a los personajes que aparecen —los que ayudan, los que confunden y los secundarios que pierden importancia en cuanto se los mira de frente— en lugar de atravesarlo a ciegas.
La premisa central es incómoda y liberadora a la vez: el ser humano no es tonto, y ninguna conducta se repite sin aportar algún beneficio. La «ansiedad» no es una señora que abra la boca y meta la comida; es una etiqueta que tapa razones más concretas. ¿Es adicción a un snack o incapacidad de decirle al jefe que uno se siente infravalorado? ¿Es la cerveza o el miedo a no resultar interesante sin ella? A partir de esa pregunta —qué gano con esto— la autora trabaja las piezas que sostienen el sobrepeso: la diferencia entre saber lo que no se quiere y saber lo que se quiere; el aviso de que «aceptarse tal y como se es» puede ser liberación o losa según si de verdad sabemos quiénes somos o simplemente nos conformamos con lo que nos tocó; el pasado usado como cama incómoda en la que seguimos tumbadas aunque un muelle nos moleste; la zona de confort frente al salto del trampolín; y los círculos viciosos que se repiten hasta que cambia la mirada, no el método.
El tono es directo, con humor y sin promesas mágicas, y el formato es deliberadamente activo: listas, balances de coste y beneficio, cuestionarios para detectar patrones que se repiten, un anexo dedicado al perdón propio y ajeno. Las voces de otras mujeres atraviesan el texto y desactivan la sensación de excepcionalidad: la clienta que confiesa que sabe ser infeliz y teme la felicidad porque no la recuerda; la que ahorró para operarse convencida de que la delgadez arreglaría su pareja, su trabajo y su vida social, y descubrió que lo importante no era la meta sino el camino. Sobre todo ello pesa una advertencia repetida: nada de esto sirve para instalar culpa. La culpa ancla en el pasado, el miedo bloquea el futuro, y ninguno de los dos adelgaza. Lo que la autora pide es responsabilidad, paciencia con uno mismo —la misma que se tendría con la persona más amada— y la disposición a desaprender para volver a aprender. La recompensa que promete no es una talla, sino dejar de buscar la pócima que nos haga más pequeñitas, porque las pócimas mágicas solo existen en los cuentos.
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