Dos relatos breves ambientados en los márgenes de la galaxia de Star Wars comparten aquí un mismo pulso: el de la sospecha. En el Puesto de Niima, el alguacil Zuvio debe perseguir por el desierto de Jakku al droide secretario en quien más…
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Dos relatos breves ambientados en los márgenes de la galaxia de Star Wars comparten aquí un mismo pulso: el de la sospecha. En el Puesto de Niima, el alguacil Zuvio debe perseguir por el desierto de Jakku al droide secretario en quien más confiaba, después de que un transporte bancario vuele por los aires y las cuentas de todo un pueblo desaparezcan sin dejar rastro. En el castillo de Maz Kanata, el chef Strono Tuggs descubre un cadáver en su propio congelador y comprende, de inmediato, que alguien ha construido el crimen a su medida. Dos investigaciones de tono policial, resueltas con observación paciente más que con heroísmo.
Hay planetas donde la ley es poco más que un acuerdo tácito entre supervivientes. El Puesto de Niima, en el ecuador reseco de Jakku, es uno de ellos: un amasijo de hangares desvencijados y depósitos de chatarra donde buscadores, carroñeros y capitanes de paso convivieron el tiempo suficiente como para inventarse algo parecido a un gobierno. De ese invento salió el cargo de alguacil, y el cargo recayó en Zuvio, un kyuzo bajo y fornido cuyo ceño permanentemente fruncido no delata furia sino miopía, un secreto que le conviene guardar en un lugar donde cualquier debilidad se cobra caro.
El primer relato arranca por el final: dos siluetas enfrentadas sobre una duna al atardecer, un disparo, una figura en pie. Solo entonces la historia retrocede a un día tranquilo de papeleo, interrumpido por la explosión de la nave bancaria que ancla a Niima con el resto de la galaxia. La bodega está vacía, el núcleo informático no registra una sola cuenta activa, y las únicas manos capaces de haber abierto la terminal cifrada son las de CZ-1G5, el droide secretario que lleva décadas archivando documentos, atendiendo enfermos y sirviendo comidas en el puesto. Zuvio sale tras él hacia la cordillera de Dientes Caídos con medio cargador y ninguna certeza, salvo una: nada de lo ocurrido encaja con el droide que conoce. Lo que encuentra en una higrofinca abandonada —una emboscada de chatarra armada, un francotirador que dispara con su propio rifle robado— confirma que el caso es mucho más grande que una traición. Mientras tanto, en el pueblo, los sheriffs Drego y Streehn siguen la pista más aburrida y más peligrosa de todas: la cronología de una cita a la que alguien, convenientemente, no asistió.
El segundo relato cambia de escenario y de registro sin abandonar la fórmula. En las cocinas del castillo de Maz Kanata, donde durante veinte años Strono Tuggs —«Cookie» para todos— ha perfeccionado un arte culinario que contrasta con la fealdad que lo precede en cada habitación, aparece el cuerpo de su subchef descuartizado con precisión profesional dentro de un congelador cerrado con llave al que, en teoría, solo él tiene acceso. La víctima había discutido a gritos con Cookie la noche anterior, delante de medio castillo. La conclusión es tan evidente que no admite discusión: alguien ha dispuesto cada pieza para que el chef cargue con la culpa.
Lo que une a ambas historias no es el escenario ni el elenco, sino un método. Ni Zuvio ni Cookie disponen de recursos, refuerzos o autoridad real; ambos avanzan haciendo las preguntas correctas, midiendo distancias, recordando el defecto de fábrica de un arma vieja o el detalle fuera de lugar en una rutina de años. La violencia aparece, pero rara vez decide nada. Deciden la paciencia, el conocimiento íntimo del terreno y la disposición a dudar de la explicación más cómoda —justo la que alguien más se tomó el trabajo de dejar servida.
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