Según todo el mundo, Sandra Tate es una mujer con suerte: levantó desde cero un emporio multimillonario, conduce un Jaguar plateado y comparte un apartamento de lujo con una novia envidiada en los círculos más selectos de Dallas.
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Según todo el mundo, Sandra Tate es una mujer con suerte: levantó desde cero un emporio multimillonario, conduce un Jaguar plateado y comparte un apartamento de lujo con una novia envidiada en los círculos más selectos de Dallas. Puertas adentro las cuentas no cuadran: jornadas de catorce horas, una relación agotada por los celos y una vocación —la arquitectura— sepultada bajo la gestión. Una carta olvidada la empuja hacia San Antonio, y hacia la pregunta que nunca se atrevió a formular: qué quiere ella, en realidad.
Hay fortunas que se parecen mucho a una jaula. Sandra Tate, treinta y siete años, propietaria de Tate Enterprises, tiene fama de convertir en oro cuanto toca: estudios de arquitectura, constructoras, un concepto de centro comercial pensado a la medida de las ciudades pequeñas. Las entidades benéficas se disputan su agenda y su firma basta para que cualquier proyecto salga adelante. Ella, mientras tanto, ha dejado de dibujar. El trabajo que un día la entusiasmó se ha vuelto administración pura, y la mujer que amaba imaginar edificios capaces de sobrevivir al tiempo ya no recuerda cuándo se le apagó ese placer.
La novela arranca en una fiesta: la mansión victoriana de Lona Cromwell, doscientas invitadas de la alta sociedad lésbica de Dallas, paneles de cuero negro, espejos del suelo al techo y luces estroboscópicas rebotando en el mármol. Ahí, entre camareros con bandejas de caviar y conversaciones que no le interesan, Sandra hace de acompañante de Carol Grant, su pareja desde hace ocho años: guapa, cuidada al milímetro y experta en pedir. La velada avanza entre reproches, coqueteos ajenos y una acusación de infidelidad lanzada en voz demasiado alta, hasta que el aire de la sala se vuelve irrespirable y Sandra echa a correr —descalza, con el vestido roto— hacia la oscuridad de un parque.
Lo que amanece a la mañana siguiente no es una crisis pasajera, aunque ella se empeñe en explicarla como estrés, exceso de trabajo o un desajuste hormonal. Es la constatación de que lleva años administrando la vida de otra persona. Solo puede llamar a una amiga, Laura Mendoza, cocinera y compañera desde los años de facultad, cuya casa de campo —cálida, luminosa, del todo ajena al escaparate cromado que un interiorista de moda montó en su apartamento— funciona como el primer lugar donde Sandra respira sin actuar. Y hay algo más que la crisis desentierra: en el momento en que creyó estar muriéndose, su último pensamiento no fue el imperio ni la pareja, sino la madre a la que nunca conoció.
Ese hilo es el que tira de la novela. El hallazgo de una carta antigua y desconcertante conduce a Sandra hasta San Antonio, lejos de la reputación, del Jaguar y de la coreografía social que la sostiene. Buscando de dónde viene, deja atrás la vida dorada y empieza, por fin, a vivir la suya.
«Allí te encuentro» —traducción de «Midas Touch», publicada por Egales en su colección Salir del armario— es una novela romántica de Frankie J. Jones que se sostiene sobre una idea sencilla y bien observada: el éxito no consuela de una vida ajena. Su Dallas de fiestas benéficas y rivalidades cordiales está retratado con ironía seca, sus personajes secundarios tienen filo propio, y su protagonista —una mujer que se sabe corriente de cara y extraordinaria de manos— resulta reconocible mucho más allá de su patrimonio. Una lectura para quien disfrute del romance lésbico con trasfondo de reconstrucción personal, de búsqueda de los orígenes y de segundas oportunidades tomadas tarde, pero a tiempo.
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