Diciembre de 1998. Arturo Muncharaz vuelve a Madrid tras cinco años en París, con una maleta, un saxo y un sombrero de ante que nunca se quita. Pintor, escritor y músico de veintiséis años, regresa arrastrando la sensación del fracaso y la…
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Diciembre de 1998. Arturo Muncharaz vuelve a Madrid tras cinco años en París, con una maleta, un saxo y un sombrero de ante que nunca se quita. Pintor, escritor y músico de veintiséis años, regresa arrastrando la sensación del fracaso y la certeza de que la ciudad que lo expulsó es la única suya. Lo esperan su hermana Belén, un padre que mide el afecto con distancia, y una casa familiar impecable de la que se llevaron el alma cuando murió su madre.
Un avión toca tierra en Barajas y con él aterriza un hombre que lleva años ensayando la huida. Arturo vuelve a Madrid en el invierno de 1998 después de cinco años en París, y lo hace sin equipaje material —vendió casi todo— pero con el peso íntegro de una memoria que no ha aprendido a soltar.
La novela se mueve entre dos ciudades y dos tiempos. En París, un atelier de techos altos donde conviven lienzos a medio terminar, una Olivetti muerta de silencio, vinilos de jazz y un orden casi enfermizo que delata a alguien empeñado en controlar la tempestad interior. Allí Arturo pinta contra reloj para una galerista impaciente, bebe malta escocés a las cuatro de la tarde en el Café de la Mairie, saluda cada día a una anciana que lee un cuaderno manuscrito y observa a los desconocidos con una curiosidad que es mitad ternura, mitad disección. Una mañana cualquiera comprende que la ciudad refugio se ha vuelto celda, y decide entregar su obra, dejar que inauguren su exposición, presenciar su siguiente derrota y marcharse sin despedirse.
En Madrid lo espera lo que dejó atrás: una urbanización a las afueras, un Mercedes de 1968 que lo llevaba al colegio, la asistenta que lo vio crecer, la hermana pequeña cuyos ojos son el único lugar seguro que reconoce, y Juan, el padre —hombro ancho, ojos de hielo, una perfección inaguantable— que recibe a su hijo con un reproche sobre el pelo y el tabaco antes que con un abrazo. La casa que diseñó su madre, muerta de cáncer seis años antes, ha sido redecorada por otra mujer hasta parecer la portada de una revista: todo impecable, nada habitado. Su antigua habitación es hoy un gimnasio.
El retrato que emerge es el de un libertino honesto hasta la crueldad, seductor, sarcástico, incapaz de prometer, que desprecia la vida en serie de los lunes por la mañana y a la vez se compadece en secreto de quienes la sostienen. Bajo la actuación impecable hay soledad interior, insomnio, autodestrucción y esa marca de nacimiento que es tener alma de artista. Con música que va de Charlie Parker a Chopin abriendo cada capítulo, y con Dickens como sombra tutelar, la obra anuncia desde su primer aliento que el amor llegará y que dolerá: no como amenaza, sino como promesa.